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La subjetividad del enamoramiento

(Posted on Dec 30, 2015 at 07:43AM by Lorena)
La subjetividad del enamoramiento
                                         enamoramiento-subjetividad

Fuente: Enciclopedia de la Psicología. Vol 1 Cap. 4
Editorial: OCEANO.

 
 
El enamorado casi nunca es objetivo a la hora de valorar a la persona de sus sueños. El apasionamiento no le deja ver defectos o problemas  que se harán evidentes cuando desaparezca ese estado ilusorio, casi de espejismo. Las diferencias de cultura, de interese o de carácter no sólo no tienen importancia bajo ese estado sino, que si se aprecian, es probable que sean valoradas de forma subjetivamente positivas.
Una mujer lo relataba muy acertadamente: comentaba que la virilidad, la fuerza y una cierta brusquedad de su compañero, mientras estaba enamorada, la hacía sentir muy femenina y protegida; pasados los años, esas  mismas características eran valoradas por ella como manifestaciones de falta de sensibilidad de su compañero.
Sirva como ejemplo de esta evolución de las valoraciones el chiste popular que comenta la idealización de un enamorado del “precioso Lunar” de su amada, que con el paso del tiempo se convierte en una “asquerosa verruga”. Sea como sea, lo cierto es que, cuanto más subjetivo e irrealista se es, más potencialmente dura es la decepción cuando se acaba el enamoramiento.
De qué, cómo y cuándo nos enamoramos
Las razones por las que nos enamoramos de una persona y no de otra son muchas. Depende de nuestra personalidad: parece que los más independientes son menos enamoradizos; de nuestros gustos: es más fácil sentir atracción por personas con afinidades e intereses comunes; y de nuestras necesidades. No es extraño que la primera causa de atracción sea el aspecto físico. O la atracción sexual, que en algunos casos parece una reacción química irresistible. Pero también nos enamoramos de la inteligencia de una persona, de sus habilidades para conversar, de su simpatía y humor; puede subyugarnos su seguridad y carácter decidido, su seriedad y respetuosidad, o su aparente poder social y cultural.
Resumamos algunos de estos aspectos psicosociales:
1.       La reciprocidad. Sentirse querido incrementa el enamoramiento. El filósofo Hécato escribía en el siglo II a. C “Os mostraré una poción sin drogas, hierbas o conjuros de brujería: sí queréis ser amados, amad”.
2.       La proximidad espacial, la accesibilidad.  Cuanto más cerca estamos del ser amado, cuanto más posible sea acceder a él, más fácil será el contacto que potencia el amor.
3.       La similitud en las actitudes. Como hemos visto, es muy importante la semejanza pero aparece realmente sólo en los momentos iniciales del éxtasis. De hecho el concepto del “alma gemela “parece ser tan ilusorio como el de “media naranja”.
4.       La expectación. Enamorarnos también es el resultado de las expectativas que uno tiene sobre la persona en la que ha puesto el ojo o la fantasía. El gran momento de amor es, a menudo, el que lo precede. La prehistoria del sentimiento. Aquel instante de la imagen incierta pero deliciosamente real, suscitadora de proyectos y de abnegaciones, de nostalgia y de recelo, de paradisiacas fascinaciones y, sobre todo, de imaginadas pero infalibles adhesiones.
5.       Las excitaciones emocionales previas, incluidas las negativas (peligros, temores, ansiedades, dolores y situaciones de estrés compartidas). Éstas catalizan la agitación fisiológica inespecífica a una etiqueta concreta que denominamos amor. No conviene oponerse demasiado activamente a un vínculo afectivo: aparecerá el efecto “Romeo y Julieta”, según el cual los amores prohibidos  son más gratificantes que los socialmente aceptados.
6.       La comunicación. Como primates que somos, mantenemos muchos de los elementos táctiles, gestuales, y visuales propios de una naturaleza común: intercambio de miradas embobadas, movimientos de hombro hacia delante y ciertos olores corporales. Alguna sutilidad parece quedarnos de la sensibilidad por el olor del ser amado, pero no tanto a Cátulo que imploraba que los dioses que lo convirtieran todo él en nariz. Las feromonas – “roqueforts” tácitos que hoy día no soportaríamos en su estado puro- han perdido importancia por razones muy diversas. Pero nos queda el simbolismo de perfumes y fragancias.
Somos humanos y hemos volado más alto; de los clientes que tienen esta criatura caprichosa que es la naturaleza hemos sido capaces de inventar artes y oficios de comunicación amorosa, gracias al don del lenguaje que nos permite un intercambio a veces tan lleno de matices que podíamos decir, exagerando, que hacemos el amor vestidos de palabra. 
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