Fundacion Fulicoma atendiendo a los niños en su parte pedagógica y social de Manizales, Colombia
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Cinco peligros contra el amor de Dios

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Estos peligros que nos apartan de Dios, enferman y paralizan el buen funcionamiento de nuestro corazón.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 

Angel triste

San Francisco de Sales sabía que nuestro corazón, cuando funciona bien, late, vive, suspira, trabaja, para Dios. Pero también sabía que existen cinco peligros que nos apartan de Dios, que enferman y paralizan el buen funcionamiento de nuestro corazón.

¿Cuáles son esos peligros? He aquí la lista, según el santo obispo de Ginebra:

1. El pecado, que nos aleja de Dios;
2. El afecto a las riquezas;
3. Los placeres sensuales;
4. El orgullo y la vanidad;
5. El amor propio, con la multitud de las pasiones desordenadas que engendra, las cuales son en nosotros una pesada carga que nos aplasta” (San Francisco de Sales, “Tratado del amor de Dios”).

Si esos son los peligros, entonces ¿cómo reiniciar la marcha hacia Dios, hacia el amor de nuestra alma, hacia Aquel por quien empezamos a existir, hacia Aquel que nos busca y nos ama con cuerdas humanas y con lazos de amor (Oseas 11, 4)?

El camino es sencillo y arduo: hay que remover con decisión, desde la ayuda de Dios y desde una sana vigilancia, esos enemigos.

En primer lugar, hay que luchar contra el pecado en todas sus formas. Es el peor enemigo, el que nos aparta de Dios y del hermano, el que destruye el amor, el que apaga la gracia.

En segundo lugar, hay que romper con cualquier apego a las riquezas para empezar a vivir en una confianza plena, filial, en la providencia de nuestro Padre Dios (Mateo 6,19-34).

En tercer lugar, hay que renunciar a los placeres sensuales que nos atan al mundo, para revestirnos de Cristo y de su Evangelio (Romanos 13,13-14).

En cuarto lugar, hay que dejar de lado orgullos y vanidades que nos hacen buscar los primeros puestos y la autocomplacencia, para vivir con la sencillez del niño que confía plenamente en su Padre (Mateo 18,1-4; Lucas 14,7-11).

Por último, hay que acabar con el amor propio, con ese afán continuo de buscar lo que nos satisface y nos gusta, para aprender la ley de la fecundidad: el que renuncia a su propia vida la encuentra (Mateo 16,24-26), porque “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12,24).

Sí, es un camino arduo, pero la meta es maravillosa: el encuentro con Dios como Padre misericordioso, la fecundidad gozosa, la vida plena, el amor hacia los hermanos. Así podremos empezar a vivir aquí en la tierra un poco como se vive, en plenitud, en el cielo.


El cristianismo en pocas palabras

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El Amor es más fuerte que la muerte

Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net 

Campana de una iglesia

El cristianismo surge desde una decisión de Dios. Dios ama, y crea. Ama, y acepta los riesgos de la libertad. Ama, y busca cómo redimir.

El Amor lleva a caminar hacia el hombre débil, enfermo, confundido, pecador. Busca cómo iluminar su mente, cómo curar su corazón, cómo librarlo del mal.

Ese mismo Amor impulsa a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la aventura más grande y más sorprendente: la Encarnación del Hijo, desde la Voluntad del Padre y bajo la acción del Espíritu Santo.

El sí de la Virgen María abre las puertas de lo humano a lo divino. La salvación se hace presente y cercana. Jesús es el Hijo del Padre y el Hijo de María.

Cristo Jesús anuncia la salvación y muestra su fuerza con palabras y con milagros. Los sencillos lo acogen con alegría. Los soberbios cierran sus corazones y lo rechazan.

En el momento fijado por el Padre, Cristo acepta entregarse a los hombres, que cometen contra Él todo tipo de injusticias, hasta el drama del Calvario.

El Amor, sin embargo, es más fuerte que la muerte. La Sangre del Nazareno limpia los pecados. Su Cuerpo, a los tres días, resucita.

Cristo envía su Espíritu Santo y pone en pie la Iglesia. Esa Iglesia sigue en camino, a lo largo de los siglos, en un drama de dimensiones cósmicas.

La historia no ha terminado. Cada día nos hace más cercano el momento decisivo, el juicio que separe el bien y el mal, que distinga entre los humildes y los soberbios.

El cristianismo sigue vivo con la mirada puesta en Jesucristo. Cada día está lleno de misterios y de esperanzas. El tiempo impulsa a la llegada del Reino definitivo.

Como creyentes, como católicos, oramos y buscamos acoger el gran don de la misericordia, que se convierte en caridad y servicio.

Al igual que los primeros cristianos, también nosotros repetimos hoy el grito de quienes esperan y viven bajo la luz de Cristo Resucitado: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20).


¿Quién es Jesucristo? Y para ti... ¿Quién es...?

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Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.

Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net 

jesucristo para ti

La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»

Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Ellas; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros: ¿Quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. (Mt. 16, 13-16)

No ha habido en la historia de la humanidad persona tan controvertida como Jesucristo.

Ya se ve claro en la respuesta que dan los discípulos a la pregunta del Maestro: Para unos es un personaje importante: Juan el Bautista, Elías, Jeremías u otro de los profetas. Nunca ha negado nadie -salvo algún fanático sectario- que Jesús ha sido un hombre importante en la historia humana. Alguien con una personalidad capaz de arrastrar tras sí a la gente, no sólo en su tiempo, sino siempre.

Lo que no todos son capaces de descubrir es la razón íntima por la que Jesús atrae. La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»Para ello hace falta -como Jesús le dice a Pedro- que lo revele el Padre eterno. Hace falta la fe, que es un don de Dios.

No se puede entender a Jesucristo si no se cree que ese hombre, que llamamos Jesús de Nazaret, encierra en sí mismo un misterio: La Segunda Persona divina, el Verbo, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre al asumir la naturaleza humana.

Ya sabemos que en la mentalidad del judaísmo de la época de Jesús se estaba esperando próximamente al Mesías. La mujer samaritana -que no era ninguna mujer culta- le dice a Jesús: sé que está para venir el Mesías. La profecía de Daniel y otras sobre el tiempo de la venida del Mesías coincidía aproximadamente con estos años.

En estas circunstancias aparece en Galilea Jesús de Nazaret. Juan el Bautista, que tenía un gran prestigio entre todos los judíos de su tiempo -hasta Herodes le escuchaba con gusto-, da testimonio a favor de Jesús. Le llama «el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Este es de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más que yo, porque existía antes que yo Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar en el Espíritu Santo. Y yo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios» (Jn. 1, 30-34)

Comienza Jesús a predicar y su predicación está llena de misericordia para con todos. Su doctrina es una doctrina de perdón y compasión. Enseña que Dios ama a todos los hombres y que incluso los pecadores pueden alcanzar el amor de Dios, si se convierten. El pueblo piensa y dice de él, que «nunca nadie ha hablado como este hombre» (Jn. 7, 46) porque hablaba con autoridad, no como los escribas y fariseos. Y es el mismo Jesús quien en la sinagoga de Nazaret, después de leer una profecía de Isaías referente a los tiempos del Mesías, dice: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc. 4, 21) Su doctrina va acompañada de abundantes milagros, movido por la compasión que sentía: sanar enfermedades, resucitar muertos, multiplicar la comida, etcétera.

No es de extrañar, por tanto, que la gente sencilla y los de corazón abierto le tuvieran por el Mesías esperado. Efectivamente, ¿qué mejor rey se podía tener que uno para quien no habrá problema de carestía ni de hambres? ¿Qué mejor rey que quien puede curar a los enfermos y resucitar a los muertos? ¿Quién puede gobernar mejor a un país, que un hombre que da muestras de tal sabiduría? Por todo esto no es de extrañar que en una ocasión, después de haber dado de comer a cinco mil hombres con unos pocos panes y peces, quieran proclamarle rey.

Indudablemente, a Jesús le seguía la masa del pueblo, compuesta en su mayoría por gente sencilla y humilde: ¿Acaso algún magistrado o fariseo ha creído en Él? Pero esta gente que ignora la Ley, son unos malditos(Jn. 7, 48-49) Es verdad que también algunos personajes importantes le siguieron, y aunque al principio con miedo, luego no tuvieron reparo en confesarse amigos suyos a la hora de su muerte. Así fueron Nicodemo, José de Arimatea y otros.

Estas gentes sencillas, que frecuentemente eran despreciadas por los orgullosos fariseos, ven con buenos ojos la doctrina de Jesús. Unos le seguían, efectivamente, movidos por su doctrina aunque no la entendían plenamente, como pasó con sus discípulos. Otros le seguían porque les daba de comer; otros porque hacía milagros.

Posiblemente algunos también le seguían por gratitud, al haber sido curados.

Ciertamente su bondad, su trato exquisito para con los débiles del mundo y severo para con los que obraban injustamente, serían motivos para que las masas le siguiesen.

¿Quién es para ti Jesucristo? Hoy te hace la misma pregunta que a los apóstoles y lo único que quiere es oir tu respuesta de amor. Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.


¿Quién dice la gente que soy yo?

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Tú eres el Mesías de Dios

Por: Ricardo Grzona, frp | Fuente: www.fundacionpane.org 


Jesus Apostles

PRIMERA LECTURA: Zacarías 12, 10-11; 13, 1

SALMO RESPONSORIAL: Salmo 62, 2-9

SEGUNDA LECTURA: Gálatas 3, 26-29
 

Invocación al Espíritu Santo:
Ven Espíritu Santo, Ven a nuestra vida, a nuestros corazones, a nuestras conciencias. Mueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad para entender lo que el Padre quiere decirnos a través de su Hijo Jesús, el Cristo. Que tu Palabra llegue a toda nuestra vida y se haga vida en nosotros.
Amén


TEXTO BÍBLICO: Lucas 9, 18-24
9,18: Estando él una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él los interrogó:    —¿Quién dice la multitud que soy yo?   9,19: Contestaron:    —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos.   9,20: Les preguntó:    —Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?    Respondió Pedro:    —Tú eres el Mesías de Dios.   9,21: Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.   9,22: Y añadió:    —El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.   9,23: Y a todos les decía:    —El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga. 9,24: El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí la salvará.
BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO




1.- LECTURA: ¿Qué dice el texto?
Estudio Bíblico.
Estamos frente a uno de los temas más cruciales en el Nuevo Testamento. Jesús ha tenido por fin un momento tranquilo de oración cuando se le acercan los discípulos y Él les pregunta, Jesús está indagando lo que opina la gente sobre Él mismo. Es un tema importante. Es la opinión que se tiene sobre una persona concreta: Jesús de Nazareth.
Las opiniones son varias. Evidentemente Jesús no ha pasado desapercibido por donde anduvo. La gente está hablando de Él. ¿Qué dicen? Cosas muy diversas. Es alguien con el poder de convicción de Juan el Bautista, o el mismo Elías que ha vuelto con su fuerza profética, como algunos grupos esperaban, o alguno de los antiguos profetas. Esto pone en evidencia las expectativas que había en el pueblo de Israel en aquel momento. Pero ninguna respuesta es acertada.
Obvio, la pregunta primera de Jesús, da lugar a la segunda pregunta que ya no es para toda la gente. Es para los discípulos mismos, ¿y ustedes quien dicen que soy yo?

Simón Pedro, tomó la delantera para decir lo más crucial e importante en nuestra fe y asegura con toda claridad: “Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Todo esto Pedro lo dice por inspiración del Espíritu Santo (según Mateo 16, 17). Y es que claro, el cambio fundamental de entendimiento sobre Jesús ya es radical. No estamos frente a una persona importante, a un maestro sabio, Jesús es el Mesías, es el Hijo de Dios, es el Salvador, el Señor.
Jesús mismo, inmediatamente pide que no lo digan a nadie, y da el anuncio de su pasión. La misión del Salvador, se cumplirá en la pasión, muerte y resurrección. Tema, que seguramente no entendieron mucho los discípulos.

Pero la regla fundamental es que para seguir a Jesús, para ser su discípulo, hay que negarse a sí mismo. No pueden los orgullos, las vanidades y todo el deseo de sobresalir, tener algún lugar en los cristianos. Es negándose a sí mismo que se podrá ser seguidor, llevando la cruz, no renegar de la cruz, y para salvarse hay que dar la vida completa por el Señor y su Evangelio.

Reconstruyamos el texto:
    1.    ¿Qué sucedió cuando Jesús estaba orando sólo?
    2.    ¿Qué le contestaron los apóstoles?
    3.    ¿Qué les pregunto Jesús?
    4.    ¿Quién respondió y qué le dijo?
    5.    Después, ¿Qué les ordeno y que añadió?
    6.    ¿Qué les decía todos?

 

2.- MEDITACIÓN: ¿Qué me o nos dice Dios en el texto?
Hagámonos unas preguntas para profundizar más en esta Palabra de Salvación:
Este texto es muy claro, nos ayuda a entender muchas cosas. Si nosotros hoy hiciéramos una especie de encuesta, entre las personas conocidas y otras que pasan por nuestra vida ¿qué encontraríamos de respuestas?

En unos grupos hemos recibido estas ideas:
    1.    Jesús es la personificación de la gran energía cósmica,
    2.    Jesús es la reencarnación de los grandes de este mundo que se aparecieron de muchas formas y nombres
    3.    Jesús es un mito que dio origen a una religión.
    4.    Jesús es muy importante para vivir ciertos valores… Pero todo está cambiado.
    5.    Jesús murió por ser buena gente, ya no hay como Jesús…

Muchas de estas respuestas, están totalmente influenciadas por las teorías de la nueva era. Mucha gente está muy confundida hoy con respecto a Jesús. Incluso, una gran mayoría entiende que Jesús más que Dios, más que el Mesías, es simplemente el fundador de una religión. Pero no se puede tomar contacto con Jesús.

Pero ahora Jesús te pregunta a ti:
    1.    ¿Qué opinas tú de Jesús? ¿Es para ti algo como lo que dijeron algunos mencionados anteriormente?
    2.    ¿Jesús es el Mesías? ¿Jesús, es para ti el Hijo de Dios?
    3.    ¿Cómo te relacionas con Él?
    4.    ¿Cuánto haces tú de oración por Día?
    5.    ¿Realmente vives negándote a ti mismo, para hacer que sea el mismo Jesús el que viva en ti?
    6.    ¿Abrazas la cruz de Jesús y das toda tu vida sin reserva para seguirlo, dejando tu vida para seguir al Señor?
    7.    ¿Eres consciente que éste es el único camino?

 

3.- ORACIÓN: ¿Qué le digo o decimos a Dios?
Señor a quien iremos, Tú tienes palabras de vida nosotros hemos creído que Tú eres el hijo de Dios. Queremos acercarnos a Ti, para que nos enseñes, para que nos lleves al Padre. Tú eres el mesías, nosotros creemos en Ti. Pero queremos pedirte que nos ayudes a aceptar nuestras cruces, a negarnos a nosotros mismos. Muchas veces seguimos el éxito, la vanidad, el honor, el destacarnos a nosotros mismos. Pero no nos damos cuenta que sólo en el seguimiento de tu persona, nos encontraremos de verdad a nosotros mismos. Señor, que sepamos renunciar a todo lo que nos separa de Ti, para poder ser tus discípulos y tus misioneros. Amén

Hacemos un momento de silencio y reflexión para responder al Señor. Hoy damos gracias por su resurrección y porque nos llena de alegría.  Añadimos nuestras intenciones de oración.


4.- CONTEMPLACIÓN: ¿Como interiorizo o interiorizamos la Palabra de Dios?
Para el momento de la contemplación podemos repetir varias veces este versículo  del  Evangelio para que vaya entrando a nuestra vida, a nuestro corazón.
«Tú eres el mesías de Dios» (Versículo 20)
Y así, vamos pidiéndole al Señor ser testigos de la resurrección para que otros crean.


5.- ACCION: ¿A qué me o nos comprometemos con Dios?
Si estoy solo o en grupo: Podemos ir a nuestro grupo, y dialogar con todos sobre las exigencias del seguimiento de Cristo hoy, en nuestras vidas y tomar algunas acciones que demuestren el amor del Señor. Y nos proponemos realizar algunas actividades que aun cuando no sean de nuestro agrado puedan demostrar que estamos cambiando de actitud. Por ejemplo algún servicio humilde, especialmente para los más necesitados, donde dejemos morir un poco nuestro orgullo para que sea Jesús quien triunfe en nuestra vida.

Contenido en colaboración con Fundación Ramón Pané

 

www.fundacionpane.com - www.cristonautas.com


¿Hay que poner reglas en familia?

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¿Hay que poner reglas en familia? Sí, porque el amor lleva a exigencias que son buenas cuando fomentan el bien y las virtudes de quienes viven unidos como parte de una misma familia

Por: Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net 

las virtudes de quienes viven unidos

Los padres sienten una responsabilidad especial respecto de sus hijos, no sólo cuando son pequeños o adolescentes, sino también cuando, ya como jóvenes mayores de edad, siguen en casa.

No siempre es fácil establecer reglas adecuadas para los hijos, por ejemplo sobre la hora de llegada, sobre los momentos para comer o cenar juntos, sobre el modo de vestir, sobre el volumen de la música que se escucha en la propia habitación, etc.

A la hora de adoptar esas reglas, existe el peligro de caer en extremos dañinos. Uno consistiría en un autoritarismo rígido, que asfixia a los hijos y los somete a una disciplina inhumana. En la parte opuesta se sitúan aquellos padres que lo permiten todo y que un día lloran al ver a sus hijos ahogados en el mundo de los vicios y del fracaso.

Entre los dos extremos se dan muchas variantes. Quizá en el esfuerzo familiar para establecer una normativa justa y equilibrada, vale la pena preguntarnos: ¿desde dónde y para qué existen reglas en familia?

Una primera respuesta es algo pragmática e insuficiente, pero tiene elementos interesantes: hay reglas porque para vivir juntos hace falta aceptar criterios comunes. Las reglas en familia ayudan, por ejemplo, a evitar conflictos cuando hay que escoger un menú, o permiten que los demás puedan pasar una noche tranquila. Las reglas, sin embargo, apuntan a algo más profundo y educativo.

Por eso hemos de completar la respuesta anterior: las reglas ayudan a todos (también a los mismos padres) a fomentar vidas sanas y actitudes buenas ante la vida, no sólo en el mismo hogar, sino fuera del mismo.

Esta segunda respuesta encuentra ante sí un mundo complejo, en el que a veces los mismos padres no saben lo que sea bueno para sus hijos. Los problemas aumentan si el padre dice una cosa y la madre otra. Las divisiones entre los esposos se convierten muchas veces en motivo para la deformación de los hijos, pues con un poco de habilidad sabrán apoyarse en uno o en otro según les convenga.

Otras veces el ambiente en el que vive la familia crea roces con los amigos y conocidos: padres que establecen reglas educativas claras descubren que otros padres tienen reglas muy diferentes, y los hijos muchas veces se quejan: “¿por qué mi primo puede llegar a las 4 de la madrugada y a mí me pides que regrese de las fiestas mucho antes?”

Lo difícil de la situación no borra la verdad sobre las reglas: si son buenas, tendrán normalmente un efecto educativo.

Por eso, los católicos piden luz al Espíritu Santo para identificar esas buenas reglas, fuerza para vivirlas, prudencia para mejorarlas (sin rigideces pero sin laxismo), cariño profundo para que las reglas no se conviertan en un fin, sino en un medio que sirva para unir a la familia y para fomentar las virtudes cristianas. Además, piden ayuda al párroco y a otros católicos, para que la experiencia de quienes han logrado armonía familiar y educación verdadera con reglas bien escogidas pueda servir como pauta para el propio hogar.

Necesitamos ir todavía un poco más a fondo para descubrir una tercera respuesta: planear y exigir buenas reglas de conducta para los hijos (y para los mismos padres) nace desde una actitud de amor sincero que busca para los miembros de la familia lo mejor.

No es verdaderamente buen padre quien, por una mal entendida “paz” y por un equivocado respeto a la libertad de los hijos, permite todo, a costa de ver cómo un hijo o una hija poco a poco deja de estudiar, no cumple sus buenos compromisos con los demás, se sumerge en actitudes peligrosas o claramente malas (es decir, en vicios y pecados).

Los buenos padres, porque aman a los hijos, piensan y deciden a qué hora hay que regresar a casa, qué vestidos son más adecuados (no sólo para conservar la salud, que es algo importante, sino sobre todo para evitar ocasiones de pecado), a qué fiestas se puede ir, cómo usar bien el dinero (especialmente para “invertirlo” en algo tan cristiano como la caridad). Y si aman a los hijos, sabrán comunicar ese amor y mostrar que las reglas no son un simple capricho o una imposición desde visiones anticuadas. No hay mejor método para introducir la disciplina en la familia que el cariño.

Valen aquí unas famosas palabras de san Agustín sobre el amor que está a la base de los silencios y de las correcciones. Al tocar este punto, el santo usaba aquella fórmula tan famosa del “ama y haz lo que quieras”, que explicaba de esta manera: “si guardas silencio, hazlo por amor; si gritas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; si la raíz es el amor profundo, de tal raíz no se pueden conseguir sino cosas buenas”.

A la enumeración de san Agustín podríamos añadir esta sencilla frase: “si pones reglas, ponlas por amor”.

Intentemos bajar a un punto muy concreto. ¿A qué hora los hijos deben regresar a casa después de una fiesta? Establecer una hora supone, por una parte, reconocer los motivos por los que llegar muy tarde es peligroso (accidentes, comportamientos equivocados, amenazas por parte de otras personas). Por otra, evidenciar que tener un horario ayuda a la disciplina de los hijos para que la fiesta no sea una especie de excusa para vivir sin reglas (lo cual es una situación sumamente peligrosa para uno mismo y para otros), y para que el día siguiente pueda iniciar a una hora sana (porque ha habido antes el tiempo suficiente para dormir).

Indicar horas concretas no es fácil porque depende de país a país, y también de la edad de los chicos. Para algunos decir a los hijos que regresen antes de las 12 de la noche puede parecer demasiado riguroso, mientras que para otros decirles que tienen permiso hasta las 3 de la madrugada sería un permisivismo perjudicial.

Toca a cada familia, y donde sea necesario a otros grupos sociales, pensar el “horario” que pueda ser mejor para las características propias de una familia según el ambiente cultural en el que vive: con mayores o menores peligros de alcohol, de drogas, de violencia callejera, etc.

Podemos responder, entonces, a la pregunta: ¿hay que poner reglas en familia? Sí, porque el amor lleva a exigencias que son buenas cuando fomentan el bien y las virtudes de quienes viven unidos como parte de una misma familia.

 


Desde un susurro divino

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Dios habla de muchas maneras y a veces puede pasar inadvertida, como si fuese un susurro que no interrumpe, no se impone.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 

Reflexiones para el cristiano de hoy

Dios habla de muchas maneras. Una puede pasar casi inadvertida, como si fuese un susurro suave y discreto.

¿Cuándo ocurre eso? Cuando en lo íntimo de la conciencia escucho una voz tranquila y constante que me invita a dejar comportamientos dañinos para escoger el camino del Evangelio.

Esa voz no amenaza, no interrumpe, no se impone. Aparece y desaparece como una señal amable, como una invitación respetuosa.

De esta manera, Dios pone ante los ojos de mi alma un camino nuevo. Camino de esperanza, de fe, de amor, de alegría. Camino de renuncia: Cristo lo pide todo, porque antes lo ha dado todo.

Un susurro divino ha llegado a mi existencia. Puedo seguir como si nada hubiera ocurrido, pero también reconozco que Dios lo merece todo.



La invitación ha quedado sobre la mesa de mi corazón. Dios espera, sin prisas, con el anhelo de un Padre que suplica la respuesta de uno de sus hijos.

Si me atrinchero en mis problemas, si me sumerjo en mis planes personales, si me excuso bajo el escudo de mi personalidad, no se producirá el milagro. Dios llorará, en silencio, ante mi dureza y mi apatía.

En cambio, si acojo ese susurro, hoy será el día del gran cambio. Acoger la invitación de Dios me lanzará a un horizonte nuevo, me hará saltar hacia el misterio de la fe, me ayudará a romper con el egoísmo, empezaré la aventura del amor.


¿Es posible encontrar a Dios en el dolor?

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Todo ser humano necesita encontrar un sentido para el dolor, que inevitablemente llega

Fuente: LaFamilia.info 

encontrar a Dios en el dolor

Resulta complejo para el ser humano la comprensión del dolor y el sufrimiento. Por desgracia, quien resulta en el banquillo de los acusados es Dios, a sabiendas que Él en su amor infinito, siempre quiere lo mejor para sus hijos.

Todo ser humano necesita encontrar un sentido para el dolor, que inevitablemente llega. Para los cristianos es más fácil encontrar este significado.

¿A quién le gusta sufrir? Se supone que a nadie, pero lo cierto es que la vida, en su camino hacia la felicidad, se encuentra colmada de tropiezos inesperados, algunos determinados por nuestro actuar como otros ajenos a nuestra voluntad. Este recorrido, a ciencia cierta, se hace más llevadero si el Señor acompaña cada paso del andar, puesto que la fe todo lo puede.

Juicios no justos

Nada más apropiado al tema, que el pensamiento del Papa Juan Pablo II acerca del dolor humano, expresado en la Carta apostólica Salvifici Doloris:

“Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. Esta no sólo acompaña el sufrimiento humano, sino que parece determinar incluso el contenido humano, eso por lo que el sufrimiento es propiamente sufrimiento humano. (…) Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios.”

En igual orden, el escritor Jesús David Muñoz de Virtudes y Valores anota:

“Es normal hacernos la pregunta: ¿por qué Dios no quitó el sufrimiento del mundo? ¿Por qué dejó algo que nos molesta tanto?... Sin embargo, esta posición de la criatura que juzga al creador no es en nada justa. Decirle a Dios lo que debe hacer y lo que no debe hacer suena a broma, pero es muchas veces la manera en la que reaccionamos. Nuestra actitud ante el dolor no debe ser la de juzgar a Dios y darle consejos de cómo ser Dios, sino más bien la de buscar encontrar lo qué quiere enseñarnos, las lecciones que quiere que saquemos. ¡Se puede sacar tanto bien de las situaciones adversas y de los sufrimientos!”



El amor le gana al dolor

El sufrimiento en sí mismo, no se puede definir como algo bueno, pues es difícil disfrutar de algo tormentoso, no obstante, lo que hace la diferencia es la actitud del ser humano frente a éste, el provecho, el aprendizaje y los hallazgos que se presenten a través del dolor, en definitiva, el alimento espiritual a través del amor de Dios.

Un ejemplo claro que ilustra lo anterior: “la Madre Teresa de Calcuta no se sentó a contar cuántos pobres había en la India y a suspirar por esta triste situación. No, ella se puso a trabajar y aprendió a amar. (…) Ante la realidad del dolor podemos vivir amargados, renegando o incluso odiando a Dios toda la vida o puede convertirse en una oportunidad para ejercitarnos en el amor.”

Dios es bueno, pero esto no significa que no exista el sufrimiento y el dolor.Dios es tan bueno, que incluso de lo malo puede sacar un bien mayor. Incluso del mal, del dolor más atroz, Dios puede sacar algo mejor. Es cuestión de estar atentos a descubrirlo.”

Recomendamos:

¿Cuál es el sentido del sufrimiento cristiano?: La cruz será el camino para la resurrección. ¿Vale la pena sufrir? ¿Qué sentido tiene?

Para orar en momentos de sufrimiento: descubrir el sentido cristiano del sufrimiento

Sufrir con esperanza es sufrir de otra manera: Catequesis de Benedicto XVI en “Spe slavi” sobre el sentido cristiano del dolor desde la esperanza cristiana.

Hijos para el mundo del futuro: Debemos preparar a nuestros hijos para el mundo del futuro, no el mundo de nuestros padres ni el nuestro


Padre, Hijo y Espíritu Santo

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Vivir inmersos en ese Amor de Dios manifestado en su Hijo y en el Espíritu Santo


Por: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net 



Padre, Hijo y Espíritu Santo

El espejo es implacable con nuestra belleza y nuestras imperfecciones. A todos podemos engañar, menos al espejo... y a Dios.

Podemos disimular, podemos recubrir las cicatrices, podemos usar los mejores ungüentos, las mejores pinturas, podemos poner aspecto juvenil con ropa nueva, con un nuevo peinado, con unos buenos lentes, podemos sonreír a diestra y siniestra, pero a la hora de la verdad, al enfrentarnos al espejo, todo eso pasa y nos encontramos la figura y la imagen de nosotros mismos ante quien no podemos definitivamente fingir ni disimular. Y el espejo es implacable con el paso del tiempo. Algún día llega en que nos volvemos irreconocibles a nosotros mismos, pues hicieron presencia las arrugas y las canas, y llegamos a preguntarnos: ¿Este soy yo? ¿Tanto tiempo ha pasado? ¿Verdaderamente éste soy yo?

Pero además de reflejarnos a nosotros mismos el espejo nos revela la semejanza y el parecido con nuestros progenitores. Somos figura de nuestros padres. De esa misma manera, el espejo nos tendría que decir que cada día nos parecemos más a Dios si en verdad somos imagen y semejanza suya. Cada día tendríamos que parecernos más a Dios si en verdad somos hijos suyos.

Tendremos que reflejar en nuestro rostro y en nuestra vida la creatividad, el ingenio, la alegría, el amor para mejorar este mundo maravilloso y encantador en el que nos ha tocado vivir, y emplear toda nuestra capacidad para mejorar este mundo que salió bello y armónico de las manos de Dios. Somos hechura del Padre que se complació en nosotros e hizo este mundo bello como el teatro en que tenemos que ir realizando nuestro papel cocreador con nuestro Dios, engendrando un mundo en que la armonía entre las cosas y los seres humanos sea la nota distintiva, empleando toda nuestra capacidad para desterrar la basura, el desorden, el destrozo de la naturaleza, y realzar la armonía entre los mismos seres humanos, que tenemos entre otras muchas cosas bellas que Dios nos ha dado, la capacidad de engendrar nuevos seres para este mundo. No le tengamos miedo a la vida. Es el distintivo de nuestro Creador y tiene que ser también el distintivo de los humanos. Cuando viene la primavera los tallos de las plantas que habían estado inactivos, como muertos, cobran nueva vida y aparecen los botones y enseguida las flores vario-pintas y fragantes. Así tiene que ser la primavera de nuestra vida que se prolonga de día en día.

Pero también tenemos que parecernos cada día un poquito más a Cristo el Señor, a Jesús, al Salvador, al Hijo de Dios, que tiene su delicia estar con los hombres, hermanarlos, hacerlos una sola familia, acercarlos los unos a los otros, de manera que las barreras que nos dividen, el color, la raza, el dinero, las comodidades, los bienes materiales nos lleguen a parecer ridículos y tendamos puentes para que la miseria, los vicios, los crímenes, las violaciones, la maldad, la división y la muerte se nos conviertan en cosa del pasado. Parece difícil, ¿pero no nos dijo Jesús: "Yo estaré todos los días con ustedes hasta el fin del mundo?" ¿A qué tenerle miedo? Aún un vaso de agua dado en el nombre de Jesús no quedará sin recompensa, ¿qué pasará si empeñamos toda nuestra vida en lograr la unidad y la paz entre todos los hombres?

Pero ya que hemos seguido esta línea, algo que siempre denotará nuestro espejo invisible, será el amor con que Dios nos ha adornado, y que tendrá que ser perfectamente reconocible cuando nos presentemos al tribunal de Dios. Y no tendrá que ser cualquier amor, hecho según las dimensiones del corazón humano, sino el Amor mismo de Dios manifestado en la persona de Cristo Hijo de Dios que se entregó por nosotros y también por el Espíritu Santo de Dios al que llamamos el Espíritu de Amor, y que se refleja en cada uno de los que nos rodean, sobre todo en los más pequeños: "Todo lo que hiciste con el más pequeño de mis hermanos a mí me lo hiciste", nos dice Jesús. Ver a Jesús en los pequeños, en los pobres, en los necesitados hasta verlos como mis propios hermanos, será fruto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, y así seremos más parecidos al Dios que nos ha dado la vida.

Por cierto, al llegar a este punto, debo decirles que estamos celebrando la Fiesta de la Santísima Trinidad, ante la que no caben sino dos actitudes: en primer lugar, la contemplación, la acción de gracias, la alabanza, la alegría por Dios que se nos ha manifestado en su intimidad porque nos quiere y nos ama, y segundo, una vida nueva, de entrega, de generosidad, de amor a todos los que nos rodean y a todo lo que nos rodea, pretendiendo vivir inmersos en ese Amor de Dios manifestado en su Hijo y en el Espíritu Santo, hasta ser como los pececillos en el agua.

Felicidades, Oh Trinidad Santa, Oh Trinidad inmaculada, Felicidades Oh Dios Creador, Felicidades Oh Espíritu de Amor, Felicidades Oh Jesús, Hijo de Dios que nos has metido a la inmensidad del Amor de nuestro Dios, hasta lanzarnos la invitación a vivir en ese seno de amor y de esperanza.

Felicidades a todos mis amigos, porque en cada uno de ustedes veo el rostro de mi Señor, de mi Creador, del Dios que nos ama a todos con locura.


El cielo es tuyo ¿Subes o te quedas?

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Al ascender al cielo Jesús no pensaba sólo en su triunfo; quería que todos los hombres subieran con Él a la patria eterna.

Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 

Al ascender al cielo Jesús

¿Qué decir a los hombres sobre ella? ¿Qué te dirás a ti mismo? La Ascensión clava nuestra esperanza de forma inviolada en nuestra propia felicidad eterna. Así como Jesús, tu Hijo, el Hijo de José y María, ha subido con su cuerpo eternizado a la patria de los justos, así el mío y el de mis hermanos, el de todos los fieles que se esfuercen, subirá para nunca bajar, para quedarse para siempre allí.

La Ascensión, además, es un subir, es un superarse de continuo, un no resignarse al muladar. Subir, siempre subir; querer ser otro, distinto, mejor; mejor en lo humano, mejor en lo intelectual y en lo espiritual. Cuando uno se para, se enferma; cuando uno se para definitivamente, ha comenzado a morir. Se impone la lucha diaria, la tenaz conquista de una meta tras otra, hasta alcanzar la última, la añorada cima de ser santo. Esa es mi meta, esa es mi cima. ¿También la tuya?

Al ascender al cielo Jesús no pensaba sólo en su triunfo; quería que todos los hombres subieran con Él a la patria eterna. Había pagado el precio; había escrito el nombre de todos en el cielo, también el tuyo y el mío. El cielo es mío, el cielo es tuyo. ¿Subimos o nos quedamos? ¿Eterno muladar o eterna gloria? Voy a prepararos un lugar. ¡Con qué emoción se lo dijiste! Dios preparando un lugar, tu lugar, en el cielo.

Dios creó al hombre, a ti y a mí, para que, al final, viviéramos eternamente felices en la gloria. Si te salvas, Dios consigue su plan, y tú logras tu sueño. Entonces habrá valido la pena vivir...

¡Con cuanta ilusión Jesús hubiera llevado a la gloria consigo a sus dos compañeros de suplicio! Pero sólo pudo llevarse a uno. Porque el otro no quiso...

Si Cristo pudiese ser infeliz, lloraría eternamente por aquellos que, como a Gestas, no pudo salvar. Jesús lloró sobre Jerusalén, Jesús ha llorado por ti, cuando le has cerrado la puerta de tu alma. Ojalá que esas lágrimas, sumadas a su sangre, logren llevarte al cielo.

Si tú le pides con idéntica sinceridad que el buen ladrón: "Acuérdate de mí, Señor, cuando estés en tu Reino", de seguro escucharás también: "Estarás conmigo en el Paraíso". Y así, el que escribió tu nombre en el cielo podrá, por fin, decir: "Misión cumplida".

Dios es amor. El cielo lo grita.
Lo ha demostrado mil veces y de mil formas. Te lo ha demostrado a ti; se lo ha demostrado a todos los hombres. Se lo ha probado amándoles sin medida, perdonándoles todo y siempre; regalándoles el cielo, dándoles a su Madre. Si no hemos sabido hacerlo, ya es hora de corresponder al amor. No podemos vivir sin amor. La vida sin Él es un penar continuo, una madeja de infelicidad y amarguras. Amar es la respuesta, es el sentido, amar eternamente al que infinitamente nos ha amado.

La ascensión nuestra al cielo será el último peldaño de la escalera; será la etapa final y feliz, sin retorno ni vuelta atrás. Debemos pensar en ella, soñar con ella y poner todos los medios para obtenerla. Todo será muy poco para conquistarla. Después del cielo sólo sigue el cielo. Después del Paraíso ya no hay nada que anhelar o esperar. Todos nuestros anhelos más profundos y entrañables, estarán, por fin, definitivamente cumplidos. Entonces, ¿te interesa el cielo?

¿A quién debo una felicidad tan grande? ¿A qué precio me lo ha conseguido. ¿Qué he hecho hasta ahora por el cielo? ¿Qué hago actualmente para asegurarlo? Y, en adelante, ¿qué pienso hacer?

Al final de la vida lo único que cuenta es lo hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos. "Yo sé que toda la vida humana se gasta y se consume bien o mal, y no hay posible ahorro. Los años son ésos y no más, y la eternidad es lo que sigue a esta vida. Gastarnos por Dios y por nuestros hermanos en Dios es lo razonable y seguro".


San José, hombre de trabajo

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Fiesta de San José Obrero. Todos los trabajadores están invitados hoy a mirar el ejemplo de este 

Por: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net 

Dios y Personajes Biblia

"Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor... Servid a Cristo Señor" ( Col 3, 23 s.).

¿Cómo no ver en estas palabras de la liturgia de hoy el programa y la síntesis de toda la existencia de San José, cuyo testimonio de generosa dedicación al trabajo propone la Iglesia a nuestra reflexión en este primer día de mayo? San José, "hombre justo", pasó gran parte de su vida trabajando junto al banco de carpintero, en un humilde pueblo de Palestina. Una existencia aparentemente igual que la de muchos otros hombres de su tiempo, comprometidos, como él, en el mismo duro trabajo. Y, sin embargo, una existencia tan singular y digna de admiración, que llevó a la Iglesia a proponerla como modelo ejemplar para todos los trabajadores del mundo.

¿Cuál es la razón de esta distinción? No resulta difícil reconocerla. Está en la orientación a Cristo, que sostuvo toda la fatiga de San José. La presencia en la casa de Nazaret del Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de su esposa María, ofrecía a José el cotidiano por qué de volver a inclinarse sobre el banco de trabajo, a fin de sacar de su fatiga el sustento necesario para la familia. Realmente "todo lo que hizo", José lo hizo "para el Señor", y lo hizo "de corazón".

Todos los trabajadores están invitados hoy a mirar el ejemplo de este "hombre justo". La experiencia singular de San José se refleja, de algún modo, en la vida de cada uno de ellos. Efectivamente, por muy diverso que sea el trabajo a que se dedican, su actividad tiende siempre a satisfacer alguna necesidad humana, está orientada a servir al hombre. Por otra parte, el creyente sabe bien que Cristo ha querido ocultarse en todo ser humano, afirmando explícitamente que "todo lo que se hace por un hermano, incluso pequeño, es como si se le hiciese a Él mismo" (cf. Mt 25, 40). Por lo tanto, en todo trabajo es posible servir a Cristo, cumpliendo la recomendación de San Pablo e imitando el ejemplo de San José, custodio y servidor del Hijo de Dios.

Al dirigir hoy, primer día de mayo, un saludo cordialísimo a todos vosotros, (...), mi pensamiento va con todo afecto especialmente a los trabajadores presentes y, mediante ellos, a todos los trabajadores del mundo, exhortándoles a tomar renovada conciencia de la dignidad que les es propia: con su fatiga sirven a los hermanos: sirven al hombre y, en el hombre, a Cristo. Que San José les ayude a ver el trabajo en esta perspectiva, para valorar toda su nobleza y para que nunca les falten motivaciones fuertes a las que pueden recurrir en los momentos difíciles.


MAYO, MES CONSAGRADO A LA VIRGEN 


Hoy comienza el mes que la piedad popular ha consagrado de modo especial al culto de la Virgen María. Al hablar de San José y de la casa de Nazaret, el pensamiento se dirige espontáneamente a Aquella que, en esa casa, fue durante años la esposa afectuosa y madre tiernísima, ejemplo incomparable de serena fortaleza y de confiado abandono. ¿Cómo no desear que la Virgen Santa entre también en nuestras casas, obteniendo con la fuerza de su intercesión materna -como dije en la Exhortación Apostólica "Familiaris consortio"- que "cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una ´pequeña Iglesia´, en la que se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo" (n. 86)?

Para que esto suceda, es necesario que en las familias florezca de nuevo la devoción a María, especialmente mediante el rezo del Rosario. El mes de mayo, que comienza hoy, puede ser la ocasión oportuna para reanudar esta hermosa práctica que tantos frutos de compromiso generoso y de consuelo espiritual ha dado a las generaciones cristianas, durante siglos. Que vuelva a las manos de los cristianos el rosario y se intensifique, con su ayuda, el diálogo entre la tierra y el cielo, que es garantía de que persevere el diálogo entre los hombres mismos, hermanados bajo la mirada amorosa de la Madre común.


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