Fundacion Fulicoma atendiendo a los niños en su parte pedagógica y social de Manizales, Colombia
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Cinco peligros contra el amor de Dios

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Estos peligros que nos apartan de Dios, enferman y paralizan el buen funcionamiento de nuestro corazón.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 

Angel triste

San Francisco de Sales sabía que nuestro corazón, cuando funciona bien, late, vive, suspira, trabaja, para Dios. Pero también sabía que existen cinco peligros que nos apartan de Dios, que enferman y paralizan el buen funcionamiento de nuestro corazón.

¿Cuáles son esos peligros? He aquí la lista, según el santo obispo de Ginebra:

1. El pecado, que nos aleja de Dios;
2. El afecto a las riquezas;
3. Los placeres sensuales;
4. El orgullo y la vanidad;
5. El amor propio, con la multitud de las pasiones desordenadas que engendra, las cuales son en nosotros una pesada carga que nos aplasta” (San Francisco de Sales, “Tratado del amor de Dios”).

Si esos son los peligros, entonces ¿cómo reiniciar la marcha hacia Dios, hacia el amor de nuestra alma, hacia Aquel por quien empezamos a existir, hacia Aquel que nos busca y nos ama con cuerdas humanas y con lazos de amor (Oseas 11, 4)?

El camino es sencillo y arduo: hay que remover con decisión, desde la ayuda de Dios y desde una sana vigilancia, esos enemigos.

En primer lugar, hay que luchar contra el pecado en todas sus formas. Es el peor enemigo, el que nos aparta de Dios y del hermano, el que destruye el amor, el que apaga la gracia.

En segundo lugar, hay que romper con cualquier apego a las riquezas para empezar a vivir en una confianza plena, filial, en la providencia de nuestro Padre Dios (Mateo 6,19-34).

En tercer lugar, hay que renunciar a los placeres sensuales que nos atan al mundo, para revestirnos de Cristo y de su Evangelio (Romanos 13,13-14).

En cuarto lugar, hay que dejar de lado orgullos y vanidades que nos hacen buscar los primeros puestos y la autocomplacencia, para vivir con la sencillez del niño que confía plenamente en su Padre (Mateo 18,1-4; Lucas 14,7-11).

Por último, hay que acabar con el amor propio, con ese afán continuo de buscar lo que nos satisface y nos gusta, para aprender la ley de la fecundidad: el que renuncia a su propia vida la encuentra (Mateo 16,24-26), porque “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12,24).

Sí, es un camino arduo, pero la meta es maravillosa: el encuentro con Dios como Padre misericordioso, la fecundidad gozosa, la vida plena, el amor hacia los hermanos. Así podremos empezar a vivir aquí en la tierra un poco como se vive, en plenitud, en el cielo.


Cristo tiene un corazón limpio

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Que la pureza de Cristo purifique la mente y el corazón de los hombres de hoy. Sólo así podremos devolver al hombre la dignidad que ha perdido.

Por: P. Fintan Kelly, L.C. | Fuente: Catholic.net 

Cristo

“Hay en Belén un aire de delicadeza, de dignidad, de pudor, que conmueve al corazón sensible. Allí se mueve una virgen joven y bella; no hay curiosos. Cristo nace virginalmente y naciendo así opta Él mismo por la virginidad y consagra una Iglesia virgen. ¡Como que la misma soledad del lugar y del momento es un signo precisamente de la excelsa pureza de los protagonistas de aquel acontecimiento!”


Los fariseos acusaron a Cristo de todo lo que se puede imaginar: de estar loco, de quebrantar la ley del descanso sabático, de ser revoltoso, de ser endemoniado, hasta de echar a los demonios con el poder de Satanás. Sin embargo, nunca le acusaron del pecado de la impureza. El acusar a Jesús de impureza es un capricho de pensadores superficiales de este siglo. A pesar de ciertos intentos sacrílegos de publicaciones como la obra cinematográfica “La Última Tentación de Cristo” de Martín Scorcezze, nadie toma en serio afirmaciones negativas sobre la integridad moral de Jesús.

Cristo habló bastante sobre la pureza. Era necesario el hacerlo, pues para los judíos era muy importante ser “puro” o “santo”. Para ellos la pureza fue una categoría religiosa, un poco difícil para nosotros de entender. Lo que hacía impuro a un hombre, según la mentalidad judía, no era el cometer actos impuros en el sentido del sexto o noveno mandamiento, sino el tener contacto con cosas paganas. Cristo afirmó que la verdadera impureza nace del corazón impuro: de allí vienen las matanzas, los adulterios, los robos, los rencores...

Él se opuso totalmente a la práctica del adulterio. No hizo un pacto con la así llamada tradición de los judíos, que permitía al hombre repudiar a su mujer para casarse con otra. El puso las cosas bien en claro: “En el inicio no fue así...”

Parece ser que el hombre hoy en día sí ha hecho un pacto con las “tradiciones” humanas en esta materia. Fácilmente se acepta la pornografía como “cultura”, las relaciones prematrimoniales como manifestación de un amor que se está “madurando”, las publicaciones eróticas como “arte”...

Cristo nos enseña a llamar las cosas por su nombre, pues “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Aunque el pecado vaya revestido de “arte” o “cultura”, no deja de ser perverso. El hombre moderno tiene la capacidad impresionante de cubrir el erotismo con los paliativos del progreso. Sin embargo, el Magisterio de la Iglesia en diversas ocasiones, ha tenido que intervenir para desenmascarar la falsedad de estas ideas. Por eso, ha tenido que aclarar su doctrina sobre cuestiones de ética sexual.

“¡Qué bella lección, también para este mundo, tan ávido de placeres fáciles, tan hundido en los goces de los sentidos, tan exultante ante lo carnal y material, nos procura la pureza de Belén! Los ojos humanos se ciegan ante tanta luz de pureza. Ojalá que la pureza de Belén quemara hoy la impureza de nuestro mundo para hacerlo más respirable y luminoso.”

Nos preocupamos mucho sobre la pureza del aire que respiramos, de la comida que ingerimos, de los cubiertos que usamos... Hay una pureza interior que es más importante y es la del corazón. Con la ingestión constante de cosas pornográficas, corremos el riesgo de contaminar nuestro corazón, de suprimir nuestra capacidad de amar.

La pornografía y el erotismo son sin duda un reflejo de un problema más profundo. En nuestra cultura moderna hay la tendencia de reducir el ser humano a la categoría de cosa. Así se cometen el aborto y la eutanasia directos con mucha facilidad, porque el hombre piensa que puede disponer de la vida como le venga en gana. Lo mismo pasa con el sexo: el hombre lo ve como un objeto del cual puede disponer a su antojo.

Toda la doctrina de Cristo resalta la dignidad de la persona humana en cuanto persona humana. Él nunca permite la manipulación del ser humano como si fuese cosa. Nosotros también debemos volver al hombre a su categoría evangélica: cada hombre vale lo que vale la sangre de Cristo y nunca se puede manipularlo por medio del abuso del sexo.

El sexo es bueno en sí mismo. Es como una joya que se debe poner en su lugar, en un anillo, en una corona, en un adorno... Si se tira la joya en el lodo, entonces pierde su propia belleza. Esto es lo que pasa cuando se abusa del sexo, poniéndolo en películas, revistas o libros eróticos.

Ojalá que la pureza de Jesucristo purifique la mente y el corazón de los hombres de hoy. Sólo así podremos devolver al hombre la dignidad que ha perdido por medio del mass media, cada vez más permisivo.


El cristianismo en pocas palabras

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El Amor es más fuerte que la muerte

Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net 

Campana de una iglesia

El cristianismo surge desde una decisión de Dios. Dios ama, y crea. Ama, y acepta los riesgos de la libertad. Ama, y busca cómo redimir.

El Amor lleva a caminar hacia el hombre débil, enfermo, confundido, pecador. Busca cómo iluminar su mente, cómo curar su corazón, cómo librarlo del mal.

Ese mismo Amor impulsa a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la aventura más grande y más sorprendente: la Encarnación del Hijo, desde la Voluntad del Padre y bajo la acción del Espíritu Santo.

El sí de la Virgen María abre las puertas de lo humano a lo divino. La salvación se hace presente y cercana. Jesús es el Hijo del Padre y el Hijo de María.

Cristo Jesús anuncia la salvación y muestra su fuerza con palabras y con milagros. Los sencillos lo acogen con alegría. Los soberbios cierran sus corazones y lo rechazan.

En el momento fijado por el Padre, Cristo acepta entregarse a los hombres, que cometen contra Él todo tipo de injusticias, hasta el drama del Calvario.

El Amor, sin embargo, es más fuerte que la muerte. La Sangre del Nazareno limpia los pecados. Su Cuerpo, a los tres días, resucita.

Cristo envía su Espíritu Santo y pone en pie la Iglesia. Esa Iglesia sigue en camino, a lo largo de los siglos, en un drama de dimensiones cósmicas.

La historia no ha terminado. Cada día nos hace más cercano el momento decisivo, el juicio que separe el bien y el mal, que distinga entre los humildes y los soberbios.

El cristianismo sigue vivo con la mirada puesta en Jesucristo. Cada día está lleno de misterios y de esperanzas. El tiempo impulsa a la llegada del Reino definitivo.

Como creyentes, como católicos, oramos y buscamos acoger el gran don de la misericordia, que se convierte en caridad y servicio.

Al igual que los primeros cristianos, también nosotros repetimos hoy el grito de quienes esperan y viven bajo la luz de Cristo Resucitado: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20).


Dios te ama a ti, te ha creado

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porque Dios quiere amar a otros, te ha creado a ti, tal como eres, para que tú les lleves su amor 

Por: P. Juan Carlos Ortega Rodriguez | Fuente: Catholic.net 

Potters Wheel

Vino a Roma una amiga de la familia. Este beso es de parte de tus padres. Y me han dicho que si necesitas algo me lo digas para comprártelo. El amor no se detiene a causa de las distancias y cuando tiene una oportunidad trata de manifestarlo de algún modo, incluso con emisarios. Mientras contemplaba y escuchaba a mi paisana, entendí perfectamente que mis papás me decían: te queremos mucho y nos preocupamos de ti.

Algo parecido ocurre con Dios y el amor que Él tiene por los hombres. No sé si lo habías pensado alguna vez. Por eso te lo digo: tú y tu vida, es un esfuerzo de amor por parte de Dios. El Señor quiere amar y por eso te ha creado a ti. Pero, ¡atentos! En ti, el amor de Dios se expresa en un doble sentido. Porque Dios te ama a ti, te ha creado. Pero a la vez, porque Dios quiere amar a otros, te ha creado a ti, tal como eres, para que tú les lleves el amor que Él les tiene.

Esto es lo que San Juan Pablo II decía: "Movido por el principio de haber sido creado a imagen de Dios, hombre y mujer, el creyente puede reconocer el misterio del rostro trinitario de Dios, que lo crea poniendo en él el sello de su realidad de amor y comunión" (31 de mayo 2001). Vamos a explicar estas palabras del Papa.

¿Cómo es Dios? Dios es "amor y comunión". Para que se pueda amar es necesario que exista algo que sea amado, algo diverso del que ama.

¿Correcto? Pero, a la vez, el amor crea unión entre el amante y el amado. Es decir, para amar se requiere ser diverso de otro y, al mismo tiempo, el amor busca la unión. En realidad esto es lo que llamamos el misterio de la Santísima Trinidad: siendo tres personas son, por el amor, una sola realidad.

La siguiente pregunta que se debe responder es ¿cómo eres tú? Si tú has sido creado para expresar el amor de Dios, y para amar es necesario ser diverso de lo que se ama, resulta que tú has sido creado diverso, diverso de todos. Pero la principal diversidad es ser "hombre y mujer". Es cierto que tú, si eres varón, eres diverso también de cualquier otro hombre, pero sobre todo eres diferente de cualquier mujer. Lo mismo se aplica a la mujer: cada una de ellas, aunque diversas entre sí, son más diferentes respecto de cualquier hombre.

Todavía está en boga una cierta tendencia a la igualdad entre hombres y mujeres. Es cierto que la igualdad es un valor que se debe defender, pero la verdadera riqueza humana consiste en ser diversos.

Si todos fuéramos iguales, ¿qué podría yo dar al otro y que podría recibir de él? En cambio con la riqueza de las diferencias siempre tengo algo que dar y algo que recibir. Por lo mismo es la diversidad lo que ofrece una dignidad y un valor a cada persona: ¿de qué serviría yo si no tengo nada que dar al otro? y ¿qué valor tendrían los demás si no tienen nada que darme? Por ello, nos decía el Papa "cuando se pierde de vista el principio de la creación del hombre como varón y mujer, se ofusca la singular dignidad de la persona humana y se abre el camino a una amenazadora cultura de la muerte". Si el otro no tiene nada que ofrecerme ¿para qué le voy a mantener en vida?

Decíamos que tú eres un esfuerzo de amor por parte de Dios. Por ello te ha creado diverso de los demás, y es en "la experiencia del amor rectamente entendido (entre hombre y mujer) que cada ser humano está llamado a tomar conciencia de los factores constitutivos de la propia humanidad: razón, cariño, libertad". ¿Qué quiere decir el Papa con estas palabras?

Él vuelve a afirmar que sólo en el matrimonio entre un hombre y una mujer se puede realizar la dignidad plena del ser humano. En efecto, la unión matrimonial no es simplemente una unión pasional. Se contrae matrimonio después de una recto conocimiento de las diferencias del uno y del otro. No es la pasión sino la razón quien descubre lo que uno puede dar y puede recibir del otro. No es la pasión lo que mueve a hacer el amor, sino el amor lo que busca el cariño y el afecto tal como el otro lo necesita y a recibirlo tal como el otro sabe darlo. La duración del amor no depende de la pasión y del egoísmo, sino de la libertad que ha optado por la persona amada por encima de cualquier otra persona y circunstancia.

Recuérdalo muy bien: tú eres un esfuerzo de amor por parte de Dios. Y donde primero lo tienes que vivir es en tu vida personal, matrimonial, familiar. Ama a los demás como Dios los ama.


El amor de Cristo no tiene límites

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El amor está en las cosas pequeñas. Soñamos con lo imposible y no hacemos lo que está a nuestro alcance.

Por: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net 

del amor de Cristo es que no tiene límites

Jesús nos amó hasta el final, dio la vida por nosotros.“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,2).

Una de las características del amor de Cristo es que no tiene límites. Él se rompió amando, con sus palabras, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes. En aquella tarde, Jesús amó a los suyos como nadie los había amado hasta entonces, los amó, hasta el límite, hasta el fin, hasta el extremo, hasta dar la vida. Jesús demostró este amor al otro en el servicio y en el estar atento en las cosas pequeñas. “Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla se la ciñó luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida” (Jn 13.5). Echar agua, lavar, secar los pies, era un oficio de esclavos. Y Jesús se convierte en esclavo, en servidor; se empobrece, se rebaja poniéndose a sus pies. Este servicio humilde y callado lo hizo Jesús con sus discípulos; quien no se deje lavar los pies por él, no tendrá parte en su reino.

Jesús fue un hombre especial, extraordinario en generosidad, bueno de verdad, que pasó haciendo el bien sobre la tierra y curando a los oprimidos por el mal, porque Dios estaba con él (Hch 10,38). Por eso Pablo aconsejaba a los cristianos como norma de vida: "Mantengamos fijos los ojos en Jesús" (Hb 12,2), para tener sus mismos sentimientos, para obrar como él. Fue enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Él vino para los casos difíciles, para "salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

Jesús fue un hombre bueno, con una bondad de calado profundo, de inversión de valores, de búsqueda de lo esencial. Lo radical de su bondad estaba en el hecho de su estar "a la escucha" de las necesidades de los otros. Él dio su vida por todos, su entrega fue total, él no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45). Nunca condenó a nadie, trató de salvar a todos, de dar vida y de ser vida y fuente de agua viva. Toda la vida de Jesús fue una donación al Padre y se entregó como precio de nuestra liberación. El “amarás a Dios con todo tu corazón y toda tu alma”, encuentra su nueva plenitud en la palabra y en vida de Jesús. Dios, para él, es el único bueno (Mc 10,18), el Padre amoroso (Mt 5, 45) que busca la oveja perdida (Lc 15,4-7), porque es un Dios que busca y acoge lo que se había perdido (Lc 15,2).

En sus enseñanzas repetía que lo más importante era buscar a Dios, su Reino, que no se preocuparan de lo demás. Mil veces invitaba a sus oyentes a no tener miedo, a no dudar, a creer de verdad (Jn 8,46). A todos les dio ejemplo de amor y el amor fue su único mandato. El amor se concretiza en las cosas pequeñas. Soñamos con lo imposible y no hacemos lo que está a nuestro alcance. “Atender a cosas aún menudas, y no hacer caso de unas muy grandes”, porque “quedamos contentas con haber deseado las cosas imposibles y no echamos mano de las sencillas” (7M 4,14).

San Jerónimo escribió un comentario a las cartas de Juan, donde dice que cuando a Juan le preguntaban sus discípulos cristianos, constantemente respondía: “Hijos míos, amaos los unos a los otros”. Cansados los discípulos de esa machacona insistencia, le preguntaron que por qué repetía tanto lo de “amaos”. Su respuesta fue bien sencilla: “porque éste es el mandamiento del Señor, y si lo cumplimos es suficiente”.

Efectivamente, quien comprende y experimenta lo que es el amor, no puede por menos de gritar como Francisco de Asís: Dios es amor, amor, amor. Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (Jn 4,16) El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1Jn 4,8). Por eso insistía Juan: “Amigos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1Jn. 4, 7). Esto mismo había encomendado Jesús a sus discípulos y les pide que se ayuden, se apoyen, se consuelen. Por eso Jesús insistirá: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13,34-35).

Juan era un experto en la ciencia del amor, había comido junto a Jesús y había sentido el latir del corazón del Amado. En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros vivamos por él (1Jn 4,9). Para Juan el amor es la piedra angular del reino de Cristo (Jn 3,16) y exhorta siempre a los hermanos al amor recíproco (2Jn 5,6). El amor de Dios se ha revelado en un acontecimiento histórico: el hecho de Jesucristo, que inaugura el tiempo de la misericordia divina. Este acontecimiento histórico, revelación única y suficiente de Dios manifiesta también que Dios no sólo ha amado y ama, sino que “es amor” (1Jn 4,8).

Juan aprendió muy bien la lección del amor, como lo más importante y como lo único que merecía enseñarse e insistir. La primera carta de Juan es una joya. De ella entresaco algunos pensamientos.
- El que ama a su hermano, ése es hijo de Dios (3,10).
- Quien ama a su hermano ha pasado de la muerte a la vida (3,14).
- Amar de verdad es dar su vida por el hermano (4,10).
- El que ama comparte sus bienes con el hermano necesitado (4,17).
- Amarnos es cumplir lo que Jesús nos mandó (3,23).
- El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (4,7).
- Nuestro deber de amar se funda en que Él nos amó (4,11)
- Si amamos al hermano, Dios permanece en nosotros (4,12).
- Amemos, ya que Él nos amó primero (4,19).
- Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (4, 20).
- Si alguien ama a Dios, ame también a su hermano (4, 21).


¿Quién es Jesucristo? Y para ti... ¿Quién es...?

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Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.

Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net 

jesucristo para ti

La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»

Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Ellas; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros: ¿Quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. (Mt. 16, 13-16)

No ha habido en la historia de la humanidad persona tan controvertida como Jesucristo.

Ya se ve claro en la respuesta que dan los discípulos a la pregunta del Maestro: Para unos es un personaje importante: Juan el Bautista, Elías, Jeremías u otro de los profetas. Nunca ha negado nadie -salvo algún fanático sectario- que Jesús ha sido un hombre importante en la historia humana. Alguien con una personalidad capaz de arrastrar tras sí a la gente, no sólo en su tiempo, sino siempre.

Lo que no todos son capaces de descubrir es la razón íntima por la que Jesús atrae. La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»Para ello hace falta -como Jesús le dice a Pedro- que lo revele el Padre eterno. Hace falta la fe, que es un don de Dios.

No se puede entender a Jesucristo si no se cree que ese hombre, que llamamos Jesús de Nazaret, encierra en sí mismo un misterio: La Segunda Persona divina, el Verbo, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre al asumir la naturaleza humana.

Ya sabemos que en la mentalidad del judaísmo de la época de Jesús se estaba esperando próximamente al Mesías. La mujer samaritana -que no era ninguna mujer culta- le dice a Jesús: sé que está para venir el Mesías. La profecía de Daniel y otras sobre el tiempo de la venida del Mesías coincidía aproximadamente con estos años.

En estas circunstancias aparece en Galilea Jesús de Nazaret. Juan el Bautista, que tenía un gran prestigio entre todos los judíos de su tiempo -hasta Herodes le escuchaba con gusto-, da testimonio a favor de Jesús. Le llama «el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Este es de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más que yo, porque existía antes que yo Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar en el Espíritu Santo. Y yo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios» (Jn. 1, 30-34)

Comienza Jesús a predicar y su predicación está llena de misericordia para con todos. Su doctrina es una doctrina de perdón y compasión. Enseña que Dios ama a todos los hombres y que incluso los pecadores pueden alcanzar el amor de Dios, si se convierten. El pueblo piensa y dice de él, que «nunca nadie ha hablado como este hombre» (Jn. 7, 46) porque hablaba con autoridad, no como los escribas y fariseos. Y es el mismo Jesús quien en la sinagoga de Nazaret, después de leer una profecía de Isaías referente a los tiempos del Mesías, dice: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc. 4, 21) Su doctrina va acompañada de abundantes milagros, movido por la compasión que sentía: sanar enfermedades, resucitar muertos, multiplicar la comida, etcétera.

No es de extrañar, por tanto, que la gente sencilla y los de corazón abierto le tuvieran por el Mesías esperado. Efectivamente, ¿qué mejor rey se podía tener que uno para quien no habrá problema de carestía ni de hambres? ¿Qué mejor rey que quien puede curar a los enfermos y resucitar a los muertos? ¿Quién puede gobernar mejor a un país, que un hombre que da muestras de tal sabiduría? Por todo esto no es de extrañar que en una ocasión, después de haber dado de comer a cinco mil hombres con unos pocos panes y peces, quieran proclamarle rey.

Indudablemente, a Jesús le seguía la masa del pueblo, compuesta en su mayoría por gente sencilla y humilde: ¿Acaso algún magistrado o fariseo ha creído en Él? Pero esta gente que ignora la Ley, son unos malditos(Jn. 7, 48-49) Es verdad que también algunos personajes importantes le siguieron, y aunque al principio con miedo, luego no tuvieron reparo en confesarse amigos suyos a la hora de su muerte. Así fueron Nicodemo, José de Arimatea y otros.

Estas gentes sencillas, que frecuentemente eran despreciadas por los orgullosos fariseos, ven con buenos ojos la doctrina de Jesús. Unos le seguían, efectivamente, movidos por su doctrina aunque no la entendían plenamente, como pasó con sus discípulos. Otros le seguían porque les daba de comer; otros porque hacía milagros.

Posiblemente algunos también le seguían por gratitud, al haber sido curados.

Ciertamente su bondad, su trato exquisito para con los débiles del mundo y severo para con los que obraban injustamente, serían motivos para que las masas le siguiesen.

¿Quién es para ti Jesucristo? Hoy te hace la misma pregunta que a los apóstoles y lo único que quiere es oir tu respuesta de amor. Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.


¿Quién dice la gente que soy yo?

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Tú eres el Mesías de Dios

Por: Ricardo Grzona, frp | Fuente: www.fundacionpane.org 


Jesus Apostles

PRIMERA LECTURA: Zacarías 12, 10-11; 13, 1

SALMO RESPONSORIAL: Salmo 62, 2-9

SEGUNDA LECTURA: Gálatas 3, 26-29
 

Invocación al Espíritu Santo:
Ven Espíritu Santo, Ven a nuestra vida, a nuestros corazones, a nuestras conciencias. Mueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad para entender lo que el Padre quiere decirnos a través de su Hijo Jesús, el Cristo. Que tu Palabra llegue a toda nuestra vida y se haga vida en nosotros.
Amén


TEXTO BÍBLICO: Lucas 9, 18-24
9,18: Estando él una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él los interrogó:    —¿Quién dice la multitud que soy yo?   9,19: Contestaron:    —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos.   9,20: Les preguntó:    —Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?    Respondió Pedro:    —Tú eres el Mesías de Dios.   9,21: Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.   9,22: Y añadió:    —El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.   9,23: Y a todos les decía:    —El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga. 9,24: El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí la salvará.
BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO




1.- LECTURA: ¿Qué dice el texto?
Estudio Bíblico.
Estamos frente a uno de los temas más cruciales en el Nuevo Testamento. Jesús ha tenido por fin un momento tranquilo de oración cuando se le acercan los discípulos y Él les pregunta, Jesús está indagando lo que opina la gente sobre Él mismo. Es un tema importante. Es la opinión que se tiene sobre una persona concreta: Jesús de Nazareth.
Las opiniones son varias. Evidentemente Jesús no ha pasado desapercibido por donde anduvo. La gente está hablando de Él. ¿Qué dicen? Cosas muy diversas. Es alguien con el poder de convicción de Juan el Bautista, o el mismo Elías que ha vuelto con su fuerza profética, como algunos grupos esperaban, o alguno de los antiguos profetas. Esto pone en evidencia las expectativas que había en el pueblo de Israel en aquel momento. Pero ninguna respuesta es acertada.
Obvio, la pregunta primera de Jesús, da lugar a la segunda pregunta que ya no es para toda la gente. Es para los discípulos mismos, ¿y ustedes quien dicen que soy yo?

Simón Pedro, tomó la delantera para decir lo más crucial e importante en nuestra fe y asegura con toda claridad: “Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Todo esto Pedro lo dice por inspiración del Espíritu Santo (según Mateo 16, 17). Y es que claro, el cambio fundamental de entendimiento sobre Jesús ya es radical. No estamos frente a una persona importante, a un maestro sabio, Jesús es el Mesías, es el Hijo de Dios, es el Salvador, el Señor.
Jesús mismo, inmediatamente pide que no lo digan a nadie, y da el anuncio de su pasión. La misión del Salvador, se cumplirá en la pasión, muerte y resurrección. Tema, que seguramente no entendieron mucho los discípulos.

Pero la regla fundamental es que para seguir a Jesús, para ser su discípulo, hay que negarse a sí mismo. No pueden los orgullos, las vanidades y todo el deseo de sobresalir, tener algún lugar en los cristianos. Es negándose a sí mismo que se podrá ser seguidor, llevando la cruz, no renegar de la cruz, y para salvarse hay que dar la vida completa por el Señor y su Evangelio.

Reconstruyamos el texto:
    1.    ¿Qué sucedió cuando Jesús estaba orando sólo?
    2.    ¿Qué le contestaron los apóstoles?
    3.    ¿Qué les pregunto Jesús?
    4.    ¿Quién respondió y qué le dijo?
    5.    Después, ¿Qué les ordeno y que añadió?
    6.    ¿Qué les decía todos?

 

2.- MEDITACIÓN: ¿Qué me o nos dice Dios en el texto?
Hagámonos unas preguntas para profundizar más en esta Palabra de Salvación:
Este texto es muy claro, nos ayuda a entender muchas cosas. Si nosotros hoy hiciéramos una especie de encuesta, entre las personas conocidas y otras que pasan por nuestra vida ¿qué encontraríamos de respuestas?

En unos grupos hemos recibido estas ideas:
    1.    Jesús es la personificación de la gran energía cósmica,
    2.    Jesús es la reencarnación de los grandes de este mundo que se aparecieron de muchas formas y nombres
    3.    Jesús es un mito que dio origen a una religión.
    4.    Jesús es muy importante para vivir ciertos valores… Pero todo está cambiado.
    5.    Jesús murió por ser buena gente, ya no hay como Jesús…

Muchas de estas respuestas, están totalmente influenciadas por las teorías de la nueva era. Mucha gente está muy confundida hoy con respecto a Jesús. Incluso, una gran mayoría entiende que Jesús más que Dios, más que el Mesías, es simplemente el fundador de una religión. Pero no se puede tomar contacto con Jesús.

Pero ahora Jesús te pregunta a ti:
    1.    ¿Qué opinas tú de Jesús? ¿Es para ti algo como lo que dijeron algunos mencionados anteriormente?
    2.    ¿Jesús es el Mesías? ¿Jesús, es para ti el Hijo de Dios?
    3.    ¿Cómo te relacionas con Él?
    4.    ¿Cuánto haces tú de oración por Día?
    5.    ¿Realmente vives negándote a ti mismo, para hacer que sea el mismo Jesús el que viva en ti?
    6.    ¿Abrazas la cruz de Jesús y das toda tu vida sin reserva para seguirlo, dejando tu vida para seguir al Señor?
    7.    ¿Eres consciente que éste es el único camino?

 

3.- ORACIÓN: ¿Qué le digo o decimos a Dios?
Señor a quien iremos, Tú tienes palabras de vida nosotros hemos creído que Tú eres el hijo de Dios. Queremos acercarnos a Ti, para que nos enseñes, para que nos lleves al Padre. Tú eres el mesías, nosotros creemos en Ti. Pero queremos pedirte que nos ayudes a aceptar nuestras cruces, a negarnos a nosotros mismos. Muchas veces seguimos el éxito, la vanidad, el honor, el destacarnos a nosotros mismos. Pero no nos damos cuenta que sólo en el seguimiento de tu persona, nos encontraremos de verdad a nosotros mismos. Señor, que sepamos renunciar a todo lo que nos separa de Ti, para poder ser tus discípulos y tus misioneros. Amén

Hacemos un momento de silencio y reflexión para responder al Señor. Hoy damos gracias por su resurrección y porque nos llena de alegría.  Añadimos nuestras intenciones de oración.


4.- CONTEMPLACIÓN: ¿Como interiorizo o interiorizamos la Palabra de Dios?
Para el momento de la contemplación podemos repetir varias veces este versículo  del  Evangelio para que vaya entrando a nuestra vida, a nuestro corazón.
«Tú eres el mesías de Dios» (Versículo 20)
Y así, vamos pidiéndole al Señor ser testigos de la resurrección para que otros crean.


5.- ACCION: ¿A qué me o nos comprometemos con Dios?
Si estoy solo o en grupo: Podemos ir a nuestro grupo, y dialogar con todos sobre las exigencias del seguimiento de Cristo hoy, en nuestras vidas y tomar algunas acciones que demuestren el amor del Señor. Y nos proponemos realizar algunas actividades que aun cuando no sean de nuestro agrado puedan demostrar que estamos cambiando de actitud. Por ejemplo algún servicio humilde, especialmente para los más necesitados, donde dejemos morir un poco nuestro orgullo para que sea Jesús quien triunfe en nuestra vida.

Contenido en colaboración con Fundación Ramón Pané

 

www.fundacionpane.com - www.cristonautas.com


¿Hay que poner reglas en familia?

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¿Hay que poner reglas en familia? Sí, porque el amor lleva a exigencias que son buenas cuando fomentan el bien y las virtudes de quienes viven unidos como parte de una misma familia

Por: Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net 

las virtudes de quienes viven unidos

Los padres sienten una responsabilidad especial respecto de sus hijos, no sólo cuando son pequeños o adolescentes, sino también cuando, ya como jóvenes mayores de edad, siguen en casa.

No siempre es fácil establecer reglas adecuadas para los hijos, por ejemplo sobre la hora de llegada, sobre los momentos para comer o cenar juntos, sobre el modo de vestir, sobre el volumen de la música que se escucha en la propia habitación, etc.

A la hora de adoptar esas reglas, existe el peligro de caer en extremos dañinos. Uno consistiría en un autoritarismo rígido, que asfixia a los hijos y los somete a una disciplina inhumana. En la parte opuesta se sitúan aquellos padres que lo permiten todo y que un día lloran al ver a sus hijos ahogados en el mundo de los vicios y del fracaso.

Entre los dos extremos se dan muchas variantes. Quizá en el esfuerzo familiar para establecer una normativa justa y equilibrada, vale la pena preguntarnos: ¿desde dónde y para qué existen reglas en familia?

Una primera respuesta es algo pragmática e insuficiente, pero tiene elementos interesantes: hay reglas porque para vivir juntos hace falta aceptar criterios comunes. Las reglas en familia ayudan, por ejemplo, a evitar conflictos cuando hay que escoger un menú, o permiten que los demás puedan pasar una noche tranquila. Las reglas, sin embargo, apuntan a algo más profundo y educativo.

Por eso hemos de completar la respuesta anterior: las reglas ayudan a todos (también a los mismos padres) a fomentar vidas sanas y actitudes buenas ante la vida, no sólo en el mismo hogar, sino fuera del mismo.

Esta segunda respuesta encuentra ante sí un mundo complejo, en el que a veces los mismos padres no saben lo que sea bueno para sus hijos. Los problemas aumentan si el padre dice una cosa y la madre otra. Las divisiones entre los esposos se convierten muchas veces en motivo para la deformación de los hijos, pues con un poco de habilidad sabrán apoyarse en uno o en otro según les convenga.

Otras veces el ambiente en el que vive la familia crea roces con los amigos y conocidos: padres que establecen reglas educativas claras descubren que otros padres tienen reglas muy diferentes, y los hijos muchas veces se quejan: “¿por qué mi primo puede llegar a las 4 de la madrugada y a mí me pides que regrese de las fiestas mucho antes?”

Lo difícil de la situación no borra la verdad sobre las reglas: si son buenas, tendrán normalmente un efecto educativo.

Por eso, los católicos piden luz al Espíritu Santo para identificar esas buenas reglas, fuerza para vivirlas, prudencia para mejorarlas (sin rigideces pero sin laxismo), cariño profundo para que las reglas no se conviertan en un fin, sino en un medio que sirva para unir a la familia y para fomentar las virtudes cristianas. Además, piden ayuda al párroco y a otros católicos, para que la experiencia de quienes han logrado armonía familiar y educación verdadera con reglas bien escogidas pueda servir como pauta para el propio hogar.

Necesitamos ir todavía un poco más a fondo para descubrir una tercera respuesta: planear y exigir buenas reglas de conducta para los hijos (y para los mismos padres) nace desde una actitud de amor sincero que busca para los miembros de la familia lo mejor.

No es verdaderamente buen padre quien, por una mal entendida “paz” y por un equivocado respeto a la libertad de los hijos, permite todo, a costa de ver cómo un hijo o una hija poco a poco deja de estudiar, no cumple sus buenos compromisos con los demás, se sumerge en actitudes peligrosas o claramente malas (es decir, en vicios y pecados).

Los buenos padres, porque aman a los hijos, piensan y deciden a qué hora hay que regresar a casa, qué vestidos son más adecuados (no sólo para conservar la salud, que es algo importante, sino sobre todo para evitar ocasiones de pecado), a qué fiestas se puede ir, cómo usar bien el dinero (especialmente para “invertirlo” en algo tan cristiano como la caridad). Y si aman a los hijos, sabrán comunicar ese amor y mostrar que las reglas no son un simple capricho o una imposición desde visiones anticuadas. No hay mejor método para introducir la disciplina en la familia que el cariño.

Valen aquí unas famosas palabras de san Agustín sobre el amor que está a la base de los silencios y de las correcciones. Al tocar este punto, el santo usaba aquella fórmula tan famosa del “ama y haz lo que quieras”, que explicaba de esta manera: “si guardas silencio, hazlo por amor; si gritas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; si la raíz es el amor profundo, de tal raíz no se pueden conseguir sino cosas buenas”.

A la enumeración de san Agustín podríamos añadir esta sencilla frase: “si pones reglas, ponlas por amor”.

Intentemos bajar a un punto muy concreto. ¿A qué hora los hijos deben regresar a casa después de una fiesta? Establecer una hora supone, por una parte, reconocer los motivos por los que llegar muy tarde es peligroso (accidentes, comportamientos equivocados, amenazas por parte de otras personas). Por otra, evidenciar que tener un horario ayuda a la disciplina de los hijos para que la fiesta no sea una especie de excusa para vivir sin reglas (lo cual es una situación sumamente peligrosa para uno mismo y para otros), y para que el día siguiente pueda iniciar a una hora sana (porque ha habido antes el tiempo suficiente para dormir).

Indicar horas concretas no es fácil porque depende de país a país, y también de la edad de los chicos. Para algunos decir a los hijos que regresen antes de las 12 de la noche puede parecer demasiado riguroso, mientras que para otros decirles que tienen permiso hasta las 3 de la madrugada sería un permisivismo perjudicial.

Toca a cada familia, y donde sea necesario a otros grupos sociales, pensar el “horario” que pueda ser mejor para las características propias de una familia según el ambiente cultural en el que vive: con mayores o menores peligros de alcohol, de drogas, de violencia callejera, etc.

Podemos responder, entonces, a la pregunta: ¿hay que poner reglas en familia? Sí, porque el amor lleva a exigencias que son buenas cuando fomentan el bien y las virtudes de quienes viven unidos como parte de una misma familia.

 


Desde un susurro divino

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Dios habla de muchas maneras y a veces puede pasar inadvertida, como si fuese un susurro que no interrumpe, no se impone.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 

Reflexiones para el cristiano de hoy

Dios habla de muchas maneras. Una puede pasar casi inadvertida, como si fuese un susurro suave y discreto.

¿Cuándo ocurre eso? Cuando en lo íntimo de la conciencia escucho una voz tranquila y constante que me invita a dejar comportamientos dañinos para escoger el camino del Evangelio.

Esa voz no amenaza, no interrumpe, no se impone. Aparece y desaparece como una señal amable, como una invitación respetuosa.

De esta manera, Dios pone ante los ojos de mi alma un camino nuevo. Camino de esperanza, de fe, de amor, de alegría. Camino de renuncia: Cristo lo pide todo, porque antes lo ha dado todo.

Un susurro divino ha llegado a mi existencia. Puedo seguir como si nada hubiera ocurrido, pero también reconozco que Dios lo merece todo.



La invitación ha quedado sobre la mesa de mi corazón. Dios espera, sin prisas, con el anhelo de un Padre que suplica la respuesta de uno de sus hijos.

Si me atrinchero en mis problemas, si me sumerjo en mis planes personales, si me excuso bajo el escudo de mi personalidad, no se producirá el milagro. Dios llorará, en silencio, ante mi dureza y mi apatía.

En cambio, si acojo ese susurro, hoy será el día del gran cambio. Acoger la invitación de Dios me lanzará a un horizonte nuevo, me hará saltar hacia el misterio de la fe, me ayudará a romper con el egoísmo, empezaré la aventura del amor.


¿Es posible encontrar a Dios en el dolor?

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Todo ser humano necesita encontrar un sentido para el dolor, que inevitablemente llega

Fuente: LaFamilia.info 

encontrar a Dios en el dolor

Resulta complejo para el ser humano la comprensión del dolor y el sufrimiento. Por desgracia, quien resulta en el banquillo de los acusados es Dios, a sabiendas que Él en su amor infinito, siempre quiere lo mejor para sus hijos.

Todo ser humano necesita encontrar un sentido para el dolor, que inevitablemente llega. Para los cristianos es más fácil encontrar este significado.

¿A quién le gusta sufrir? Se supone que a nadie, pero lo cierto es que la vida, en su camino hacia la felicidad, se encuentra colmada de tropiezos inesperados, algunos determinados por nuestro actuar como otros ajenos a nuestra voluntad. Este recorrido, a ciencia cierta, se hace más llevadero si el Señor acompaña cada paso del andar, puesto que la fe todo lo puede.

Juicios no justos

Nada más apropiado al tema, que el pensamiento del Papa Juan Pablo II acerca del dolor humano, expresado en la Carta apostólica Salvifici Doloris:

“Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. Esta no sólo acompaña el sufrimiento humano, sino que parece determinar incluso el contenido humano, eso por lo que el sufrimiento es propiamente sufrimiento humano. (…) Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios.”

En igual orden, el escritor Jesús David Muñoz de Virtudes y Valores anota:

“Es normal hacernos la pregunta: ¿por qué Dios no quitó el sufrimiento del mundo? ¿Por qué dejó algo que nos molesta tanto?... Sin embargo, esta posición de la criatura que juzga al creador no es en nada justa. Decirle a Dios lo que debe hacer y lo que no debe hacer suena a broma, pero es muchas veces la manera en la que reaccionamos. Nuestra actitud ante el dolor no debe ser la de juzgar a Dios y darle consejos de cómo ser Dios, sino más bien la de buscar encontrar lo qué quiere enseñarnos, las lecciones que quiere que saquemos. ¡Se puede sacar tanto bien de las situaciones adversas y de los sufrimientos!”



El amor le gana al dolor

El sufrimiento en sí mismo, no se puede definir como algo bueno, pues es difícil disfrutar de algo tormentoso, no obstante, lo que hace la diferencia es la actitud del ser humano frente a éste, el provecho, el aprendizaje y los hallazgos que se presenten a través del dolor, en definitiva, el alimento espiritual a través del amor de Dios.

Un ejemplo claro que ilustra lo anterior: “la Madre Teresa de Calcuta no se sentó a contar cuántos pobres había en la India y a suspirar por esta triste situación. No, ella se puso a trabajar y aprendió a amar. (…) Ante la realidad del dolor podemos vivir amargados, renegando o incluso odiando a Dios toda la vida o puede convertirse en una oportunidad para ejercitarnos en el amor.”

Dios es bueno, pero esto no significa que no exista el sufrimiento y el dolor.Dios es tan bueno, que incluso de lo malo puede sacar un bien mayor. Incluso del mal, del dolor más atroz, Dios puede sacar algo mejor. Es cuestión de estar atentos a descubrirlo.”

Recomendamos:

¿Cuál es el sentido del sufrimiento cristiano?: La cruz será el camino para la resurrección. ¿Vale la pena sufrir? ¿Qué sentido tiene?

Para orar en momentos de sufrimiento: descubrir el sentido cristiano del sufrimiento

Sufrir con esperanza es sufrir de otra manera: Catequesis de Benedicto XVI en “Spe slavi” sobre el sentido cristiano del dolor desde la esperanza cristiana.

Hijos para el mundo del futuro: Debemos preparar a nuestros hijos para el mundo del futuro, no el mundo de nuestros padres ni el nuestro


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