Fundacion Fulicoma atendiendo a los niños en su parte pedagógica y social de Manizales, Colombia
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Educar en la Infancia
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Fuente: Vida Amor y Familia. Tomo  3
Editores: Rezza

Durante los primeros años se construye la base para el desarrollo de la personalidad de nuestros hijos. El motor que moviliza el proceso de desarrollo es el afecto, la relación entre padres e hijos. Se identifica como forma primordial a través del apego y el afecto, que permiten crear la suficiente confianza como para aprender todo lo que precisamos y afrontar con eficacia los diferentes desafíos que nos presenta el diario vivir.
Como dice Goethe: “da más fuerza saberse amado que saberse fuerte: la certeza del amor, cuando existe nos hace invulnerables”. Este es un hecho real que se evidencia en cada ser humano. Por ello los padres, durante los años de la infancia, deben fortalecer los lazos afectivos con sus hijos, a través de actitudes de aceptación, tolerancia, y afecto compartido por medio del contacto físico y verbal.
Cuando el hijo se sabe amado, que es diferente a “sobreprotegido y mimado”, desarrolla una seguridad emocional que le permite ser más libre para explorar, conocer su entorno, y favorece a su vez el desarrollo físico y cognitivo.
Los niños que se sienten amados por lo que “son”, se manifiestan como chicos curiosos, con mayor creatividad e iniciativa.
Otra labor fundamental dentro de esta primera etapa de desarrollo es el ejercicio de la autoridad, que permite a los chicos aprender a desarrollar la conciencia con relación a “realidad” individual y compartida. El aprendizaje de una autonomía responsable parte de la posibilidad que el niño tenga desde muy chico para elegir y participar en la vida familiar, en cuanto a la toma de decisiones acordes con la edad, así como también para responder por sus acciones y decisiones. Por ello, es necesario que en la familia cada miembro conozca que se espera de él, cuales son las normas y valores de la familia, y cuáles son las consecuencias de no respetarlas. 
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Aspecto Filosófico y espiritual del ser humano

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Aspecto Filosófico y espiritual del ser humano:
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Fuente: Vida Amor y Familia. Tomo  3
Editores: Rezza

El ser humano se caracteriza por su esfuerzo para comprender el mundo y su papel dentro de él; reflexiona sobre lo que lo ayuda a sentirse más seguro al actuar en la cotidianidad, en una percepción de una realidad que puede ir más allá, sobre la existencia de fenómenos que puede sobrepasar los sentidos, que abre las puertas a una trascendencia espiritual. El desarrollo de la espiritualidad que se debe compartir y empezar en familia es un elemento fundamental, para que la persona descubra su capacidad de salir de sí misma y brindarse a los demás en servicio y vocación. Esta sociedad vive una realidad dinámica que se encuentra en constante transformación, que requiere cada vez más flexibilidad y capacidad de adaptación para acoger a estas nuevas generaciones de seres humanos que va en aumento en número de integrantes, lo cual va generando mayores exigencia de corresponsabilidad dentro de una vocación al servicio y se traduzca en beneficio del hombre, es preciso convertir el egoísmo en altruismo, la competencia en cooperación, el impulso en reflexión, y la tecnología en servidora no en dueña y señora del ser humano. Es de reconocer que la sociedad como un todo es favorable al hombre, pero en muchos de sus detalles no siempre es así. La naturaleza también es un aspecto importante que está ahí precediendo y condicionando la supervivencia. Ésta en relación con el hombre es neutra y es el ser humano quien debe aprender a hacerla su aliada pues en ella encuentra su hábitat, y de ella proviene su subsistencia. Es así que la familia tiene un compromiso frente a la vida; y lo cumple al educar a sus miembros para que la respeten en todas sus formas.
La familia por ello ha de aprender a orientar de forma positiva el caudal de las emociones y sentimientos, para convertirse en estrategia y fortaleza que posibilita el desarrollo de la persona en los grupos sociales en los cuales interactúa.
La educación, por lo tanto, debe centrarse en el hombre, la sociedad, la naturaleza y la trascendencia. Estos cuatro elementos deben llevar a la persona a integrar las realidades objetivas y subjetivas, para que puedan tomar conciencia de la realidad total, lo que conduciría al desarrollo del espíritu crítico, del sentido de la responsabilidad social y de la capacidad de reflexión sobre sus actos.
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Cinco peligros contra el amor de Dios

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Estos peligros que nos apartan de Dios, enferman y paralizan el buen funcionamiento de nuestro corazón.

Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 

Angel triste

San Francisco de Sales sabía que nuestro corazón, cuando funciona bien, late, vive, suspira, trabaja, para Dios. Pero también sabía que existen cinco peligros que nos apartan de Dios, que enferman y paralizan el buen funcionamiento de nuestro corazón.

¿Cuáles son esos peligros? He aquí la lista, según el santo obispo de Ginebra:

1. El pecado, que nos aleja de Dios;
2. El afecto a las riquezas;
3. Los placeres sensuales;
4. El orgullo y la vanidad;
5. El amor propio, con la multitud de las pasiones desordenadas que engendra, las cuales son en nosotros una pesada carga que nos aplasta” (San Francisco de Sales, “Tratado del amor de Dios”).

Si esos son los peligros, entonces ¿cómo reiniciar la marcha hacia Dios, hacia el amor de nuestra alma, hacia Aquel por quien empezamos a existir, hacia Aquel que nos busca y nos ama con cuerdas humanas y con lazos de amor (Oseas 11, 4)?

El camino es sencillo y arduo: hay que remover con decisión, desde la ayuda de Dios y desde una sana vigilancia, esos enemigos.

En primer lugar, hay que luchar contra el pecado en todas sus formas. Es el peor enemigo, el que nos aparta de Dios y del hermano, el que destruye el amor, el que apaga la gracia.

En segundo lugar, hay que romper con cualquier apego a las riquezas para empezar a vivir en una confianza plena, filial, en la providencia de nuestro Padre Dios (Mateo 6,19-34).

En tercer lugar, hay que renunciar a los placeres sensuales que nos atan al mundo, para revestirnos de Cristo y de su Evangelio (Romanos 13,13-14).

En cuarto lugar, hay que dejar de lado orgullos y vanidades que nos hacen buscar los primeros puestos y la autocomplacencia, para vivir con la sencillez del niño que confía plenamente en su Padre (Mateo 18,1-4; Lucas 14,7-11).

Por último, hay que acabar con el amor propio, con ese afán continuo de buscar lo que nos satisface y nos gusta, para aprender la ley de la fecundidad: el que renuncia a su propia vida la encuentra (Mateo 16,24-26), porque “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12,24).

Sí, es un camino arduo, pero la meta es maravillosa: el encuentro con Dios como Padre misericordioso, la fecundidad gozosa, la vida plena, el amor hacia los hermanos. Así podremos empezar a vivir aquí en la tierra un poco como se vive, en plenitud, en el cielo.


Cristo tiene un corazón limpio

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Que la pureza de Cristo purifique la mente y el corazón de los hombres de hoy. Sólo así podremos devolver al hombre la dignidad que ha perdido.

Por: P. Fintan Kelly, L.C. | Fuente: Catholic.net 

Cristo

“Hay en Belén un aire de delicadeza, de dignidad, de pudor, que conmueve al corazón sensible. Allí se mueve una virgen joven y bella; no hay curiosos. Cristo nace virginalmente y naciendo así opta Él mismo por la virginidad y consagra una Iglesia virgen. ¡Como que la misma soledad del lugar y del momento es un signo precisamente de la excelsa pureza de los protagonistas de aquel acontecimiento!”


Los fariseos acusaron a Cristo de todo lo que se puede imaginar: de estar loco, de quebrantar la ley del descanso sabático, de ser revoltoso, de ser endemoniado, hasta de echar a los demonios con el poder de Satanás. Sin embargo, nunca le acusaron del pecado de la impureza. El acusar a Jesús de impureza es un capricho de pensadores superficiales de este siglo. A pesar de ciertos intentos sacrílegos de publicaciones como la obra cinematográfica “La Última Tentación de Cristo” de Martín Scorcezze, nadie toma en serio afirmaciones negativas sobre la integridad moral de Jesús.

Cristo habló bastante sobre la pureza. Era necesario el hacerlo, pues para los judíos era muy importante ser “puro” o “santo”. Para ellos la pureza fue una categoría religiosa, un poco difícil para nosotros de entender. Lo que hacía impuro a un hombre, según la mentalidad judía, no era el cometer actos impuros en el sentido del sexto o noveno mandamiento, sino el tener contacto con cosas paganas. Cristo afirmó que la verdadera impureza nace del corazón impuro: de allí vienen las matanzas, los adulterios, los robos, los rencores...

Él se opuso totalmente a la práctica del adulterio. No hizo un pacto con la así llamada tradición de los judíos, que permitía al hombre repudiar a su mujer para casarse con otra. El puso las cosas bien en claro: “En el inicio no fue así...”

Parece ser que el hombre hoy en día sí ha hecho un pacto con las “tradiciones” humanas en esta materia. Fácilmente se acepta la pornografía como “cultura”, las relaciones prematrimoniales como manifestación de un amor que se está “madurando”, las publicaciones eróticas como “arte”...

Cristo nos enseña a llamar las cosas por su nombre, pues “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Aunque el pecado vaya revestido de “arte” o “cultura”, no deja de ser perverso. El hombre moderno tiene la capacidad impresionante de cubrir el erotismo con los paliativos del progreso. Sin embargo, el Magisterio de la Iglesia en diversas ocasiones, ha tenido que intervenir para desenmascarar la falsedad de estas ideas. Por eso, ha tenido que aclarar su doctrina sobre cuestiones de ética sexual.

“¡Qué bella lección, también para este mundo, tan ávido de placeres fáciles, tan hundido en los goces de los sentidos, tan exultante ante lo carnal y material, nos procura la pureza de Belén! Los ojos humanos se ciegan ante tanta luz de pureza. Ojalá que la pureza de Belén quemara hoy la impureza de nuestro mundo para hacerlo más respirable y luminoso.”

Nos preocupamos mucho sobre la pureza del aire que respiramos, de la comida que ingerimos, de los cubiertos que usamos... Hay una pureza interior que es más importante y es la del corazón. Con la ingestión constante de cosas pornográficas, corremos el riesgo de contaminar nuestro corazón, de suprimir nuestra capacidad de amar.

La pornografía y el erotismo son sin duda un reflejo de un problema más profundo. En nuestra cultura moderna hay la tendencia de reducir el ser humano a la categoría de cosa. Así se cometen el aborto y la eutanasia directos con mucha facilidad, porque el hombre piensa que puede disponer de la vida como le venga en gana. Lo mismo pasa con el sexo: el hombre lo ve como un objeto del cual puede disponer a su antojo.

Toda la doctrina de Cristo resalta la dignidad de la persona humana en cuanto persona humana. Él nunca permite la manipulación del ser humano como si fuese cosa. Nosotros también debemos volver al hombre a su categoría evangélica: cada hombre vale lo que vale la sangre de Cristo y nunca se puede manipularlo por medio del abuso del sexo.

El sexo es bueno en sí mismo. Es como una joya que se debe poner en su lugar, en un anillo, en una corona, en un adorno... Si se tira la joya en el lodo, entonces pierde su propia belleza. Esto es lo que pasa cuando se abusa del sexo, poniéndolo en películas, revistas o libros eróticos.

Ojalá que la pureza de Jesucristo purifique la mente y el corazón de los hombres de hoy. Sólo así podremos devolver al hombre la dignidad que ha perdido por medio del mass media, cada vez más permisivo.


Carta de un Hijo a todos los padres del mundo

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Carta de un Hijo a todos los padres del mundo
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Fuente: Tomado de Amigo del hogar No 393, Republica dominicana

No me des todo lo que pida. A veces sólo pido para ver hasta cuánto puedo lograr.
No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí también y yo no quiero hacerlo.
No des siempre órdenes. Si en vez de órdenes a veces me pidieras las cosas, yo las haría más rápido y con más gusto.
Cumple las promesas buenas o malas. Si me prometes un premio un premio, dámelo, pero también si es castigo.
Trátame con la misma amabilidad y cordialidad con que tratas a tus amigos, ya que porque seamos familia, eso no quiere decir que no podamos ser amigos también.
No me digas que haga una cosa y tú no la haces. Yo aprenderé y haré siempre lo que tú hagas aunque no lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.
No me compares con nadie, especialmente con mi hermano y hermana, si tú me haces lucir mejor que los demás, alguien va a sufrir; y si me haces lucir peor que los demás, seré yo quien sufra.
No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer; decídete y mantén esa decisión.
Déjame valerme por mi mismo. Si tú lo haces todo por mí, yo nunca podré aprender.
Enséñame a amar y a conocer a Dios. No importa si en el colegio me quieren enseñar, porque de nada vale, si yo veo que tú ni conoces ni amas a Dios.
Cuando te cuente un problema mío, no me digas “no tengo tiempo para boberías” o “eso no tiene importancia”. Trata de comprenderme y ayudarme.
No digas mentiras delante de mí, ni me digas que las diga por ti, aunque sea para sacarte de un apuro. Me haces sentir mal y perder la fe en lo que me dices.
Cuando yo hago algo malo, no me exijas que te diga “por qué lo hice”. A veces no yo mismo lo sé.
Cuando estás equivocado con algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti y me enseñarás a admitir mis equivocaciones también.
Y quiéreme y dímelo a mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no creas necesario decírmelo.
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El cristianismo en pocas palabras

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El Amor es más fuerte que la muerte

Por: P. Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net 

Campana de una iglesia

El cristianismo surge desde una decisión de Dios. Dios ama, y crea. Ama, y acepta los riesgos de la libertad. Ama, y busca cómo redimir.

El Amor lleva a caminar hacia el hombre débil, enfermo, confundido, pecador. Busca cómo iluminar su mente, cómo curar su corazón, cómo librarlo del mal.

Ese mismo Amor impulsa a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la aventura más grande y más sorprendente: la Encarnación del Hijo, desde la Voluntad del Padre y bajo la acción del Espíritu Santo.

El sí de la Virgen María abre las puertas de lo humano a lo divino. La salvación se hace presente y cercana. Jesús es el Hijo del Padre y el Hijo de María.

Cristo Jesús anuncia la salvación y muestra su fuerza con palabras y con milagros. Los sencillos lo acogen con alegría. Los soberbios cierran sus corazones y lo rechazan.

En el momento fijado por el Padre, Cristo acepta entregarse a los hombres, que cometen contra Él todo tipo de injusticias, hasta el drama del Calvario.

El Amor, sin embargo, es más fuerte que la muerte. La Sangre del Nazareno limpia los pecados. Su Cuerpo, a los tres días, resucita.

Cristo envía su Espíritu Santo y pone en pie la Iglesia. Esa Iglesia sigue en camino, a lo largo de los siglos, en un drama de dimensiones cósmicas.

La historia no ha terminado. Cada día nos hace más cercano el momento decisivo, el juicio que separe el bien y el mal, que distinga entre los humildes y los soberbios.

El cristianismo sigue vivo con la mirada puesta en Jesucristo. Cada día está lleno de misterios y de esperanzas. El tiempo impulsa a la llegada del Reino definitivo.

Como creyentes, como católicos, oramos y buscamos acoger el gran don de la misericordia, que se convierte en caridad y servicio.

Al igual que los primeros cristianos, también nosotros repetimos hoy el grito de quienes esperan y viven bajo la luz de Cristo Resucitado: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20).


Dios te ama a ti, te ha creado

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porque Dios quiere amar a otros, te ha creado a ti, tal como eres, para que tú les lleves su amor 

Por: P. Juan Carlos Ortega Rodriguez | Fuente: Catholic.net 

Potters Wheel

Vino a Roma una amiga de la familia. Este beso es de parte de tus padres. Y me han dicho que si necesitas algo me lo digas para comprártelo. El amor no se detiene a causa de las distancias y cuando tiene una oportunidad trata de manifestarlo de algún modo, incluso con emisarios. Mientras contemplaba y escuchaba a mi paisana, entendí perfectamente que mis papás me decían: te queremos mucho y nos preocupamos de ti.

Algo parecido ocurre con Dios y el amor que Él tiene por los hombres. No sé si lo habías pensado alguna vez. Por eso te lo digo: tú y tu vida, es un esfuerzo de amor por parte de Dios. El Señor quiere amar y por eso te ha creado a ti. Pero, ¡atentos! En ti, el amor de Dios se expresa en un doble sentido. Porque Dios te ama a ti, te ha creado. Pero a la vez, porque Dios quiere amar a otros, te ha creado a ti, tal como eres, para que tú les lleves el amor que Él les tiene.

Esto es lo que San Juan Pablo II decía: "Movido por el principio de haber sido creado a imagen de Dios, hombre y mujer, el creyente puede reconocer el misterio del rostro trinitario de Dios, que lo crea poniendo en él el sello de su realidad de amor y comunión" (31 de mayo 2001). Vamos a explicar estas palabras del Papa.

¿Cómo es Dios? Dios es "amor y comunión". Para que se pueda amar es necesario que exista algo que sea amado, algo diverso del que ama.

¿Correcto? Pero, a la vez, el amor crea unión entre el amante y el amado. Es decir, para amar se requiere ser diverso de otro y, al mismo tiempo, el amor busca la unión. En realidad esto es lo que llamamos el misterio de la Santísima Trinidad: siendo tres personas son, por el amor, una sola realidad.

La siguiente pregunta que se debe responder es ¿cómo eres tú? Si tú has sido creado para expresar el amor de Dios, y para amar es necesario ser diverso de lo que se ama, resulta que tú has sido creado diverso, diverso de todos. Pero la principal diversidad es ser "hombre y mujer". Es cierto que tú, si eres varón, eres diverso también de cualquier otro hombre, pero sobre todo eres diferente de cualquier mujer. Lo mismo se aplica a la mujer: cada una de ellas, aunque diversas entre sí, son más diferentes respecto de cualquier hombre.

Todavía está en boga una cierta tendencia a la igualdad entre hombres y mujeres. Es cierto que la igualdad es un valor que se debe defender, pero la verdadera riqueza humana consiste en ser diversos.

Si todos fuéramos iguales, ¿qué podría yo dar al otro y que podría recibir de él? En cambio con la riqueza de las diferencias siempre tengo algo que dar y algo que recibir. Por lo mismo es la diversidad lo que ofrece una dignidad y un valor a cada persona: ¿de qué serviría yo si no tengo nada que dar al otro? y ¿qué valor tendrían los demás si no tienen nada que darme? Por ello, nos decía el Papa "cuando se pierde de vista el principio de la creación del hombre como varón y mujer, se ofusca la singular dignidad de la persona humana y se abre el camino a una amenazadora cultura de la muerte". Si el otro no tiene nada que ofrecerme ¿para qué le voy a mantener en vida?

Decíamos que tú eres un esfuerzo de amor por parte de Dios. Por ello te ha creado diverso de los demás, y es en "la experiencia del amor rectamente entendido (entre hombre y mujer) que cada ser humano está llamado a tomar conciencia de los factores constitutivos de la propia humanidad: razón, cariño, libertad". ¿Qué quiere decir el Papa con estas palabras?

Él vuelve a afirmar que sólo en el matrimonio entre un hombre y una mujer se puede realizar la dignidad plena del ser humano. En efecto, la unión matrimonial no es simplemente una unión pasional. Se contrae matrimonio después de una recto conocimiento de las diferencias del uno y del otro. No es la pasión sino la razón quien descubre lo que uno puede dar y puede recibir del otro. No es la pasión lo que mueve a hacer el amor, sino el amor lo que busca el cariño y el afecto tal como el otro lo necesita y a recibirlo tal como el otro sabe darlo. La duración del amor no depende de la pasión y del egoísmo, sino de la libertad que ha optado por la persona amada por encima de cualquier otra persona y circunstancia.

Recuérdalo muy bien: tú eres un esfuerzo de amor por parte de Dios. Y donde primero lo tienes que vivir es en tu vida personal, matrimonial, familiar. Ama a los demás como Dios los ama.


Los padres como educadores

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Los padres como educadores
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Fuente: Enciclopedia Amor, Vida y Familia tomo 3
Editorial: Rezza Editores

 
Los  padres necesitan tener claro que tipo de personas desean formar para llevar a cabo una sana labor educativa y buscar caminos en su convivencia familiar que les permita realizar la misión de guías de su familia.
El hombre es por naturaleza un ser de relaciones, y a través de estas logra madurez y la plena realización para cumplir con sus obligaciones y concretar sus aspiraciones. Dentro de este contexto, la familia constituye la unidad social básica y su tarea más importante consiste en realizar un proceso relacional que asegure la estabilidad del grupo familiar y social, el espacio para la conformación del ser humano como proyecto de vida. Si pretendemos un mayor acercamiento a nuestra realidad nos encontramos con que cada día es más aguda la distancia entre la familia ideal, la familia teóricamente definida y la familia ubicada en un contexto histórico determinado que atraviesa por diversas circunstancias. Frente a los cambios que ha sufrido  la familia, especialmente en los últimos tiempos, la iglesia en la encíclica “Familiaris consortio”, afirma: “…la familia en los tiempos modernos ha sufrido quizás como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y cultura.” Además allí ofrece algunas alternativas: “Consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer oír su voz y ofrecer ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente, a todo aquel que en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el proyecto familiar”.
Todo el mundo culpa a los padres de familia de los problemas de la juventud. Los expertos en salud mental se quejan de que todo en cuanto sucede se debe a los padres de familia, después de examinar el número en aumento de niños y jóvenes que presentan problemas emocionales serios, que los convierten psicológicamente en inválidos, víctimas de la droga o del suicidio, los líderes políticos culpan a los padres por crear una generación de ingratos, rebeldes, revolucionarios, violentos, etc.; y cuando los alumnos fracasan en el colegio, los maestros y directivas declaran que los padres son los causantes.
Esta sintomatología que está presentando los jóvenes se debe al hecho de que no existe una carrera para “formar padres”. Se llega a la tarea de padres con una historia personal y con una imagen estereotipada de lo que significa actuar como tales. Nuestra sociedad da muestras de sensatez al no permitir ejercer la medicina a quien no tenga un diploma que certifique sus estudios profesionales; pero si se muestra bastante insensata al aceptar el hecho de que dos personas que celebran el rito del matrimonio garanticen con ello la futura educación de unos hijos.
Esto se hace más crítico al ver que, lo que pudo significar una buena experiencia educativa recibida de los padres, no es una garantía de la educación que se les debe dar a los hijos. Antes este problema no existía, pues la relación entre padres e hijos estaba basada en la actitud autoritaria representada en la figura del padre, quien disponía su voluntad sobre cada uno de sus hijos y éstos obedecían. Se sabían muy bien que se quería y como lograrlo.
Se contaba con un historial de generaciones que habían querido y logrado lo mismo; e incluso se apelaba a un factor sobrenatural llamado “gracia de estado”. Se tenía valores y principios claros e indiscutibles  y una presentación de los padres como modelos vivos. Con la revolución industrial se rompieron las estructuras sociales y se comenzaron a poner en entredicho los valores humanos, religiosos, sociales e incluso técnicos; estos cambios tan rápidos produjeron gran desconcierto. Frente a tal hecho, algunos padres de familia comprendieron que la mejor alternativa era tratar de comprender y analizar lo que estaba sucediendo, y capacitarse para abrirse a lo razonable, aceptando la situación de ser educandos permanentes. Fue así como surgieron los movimientos de escuelas para padres en el mundo; más que una moda, fueron una necesidad.
Las experiencias reportadas por las diferentes escuelas para padres, demuestran que han sido positivas y se observa en ellas una tendencia a ir cediendo en la “información” para intensificar la “formación”. Este un valioso aporte para un creciente número de personas preocupadas por el desarrollo íntegro y positivo de las relaciones familiares y sociales, que se viene desarrollando a partir de los procesos de las entidades educativas. Otro elemento que nos facilita nuestra labor como padres, es el acceso al conocimiento acerca de la complejidad del comportamiento y desarrollo humano.
La familia, célula básica de la sociedad y principio de la vida, necesita asumir su papel de liderazgo; como primera educadora de los hijos y formadora de personas capaces de trabajar por el desarrollo, deben encontrar caminos que le permitan responder a la delicada tarea e construirse en presencia humana cristiana para gestar una nueva sociedad.
Los padres deben estar abiertos al aprendizaje y conocer nuevas formas de educar a sus hijos, ya que la familia es la primera responsable de la educación, y debe ser ella el primer sujeto-objeto de su formación.
Es deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor y la piedad hacia dios y hacia los hombres, que favorezca la educación integral de todos los miembros que la conforman.
La personalidad del hombre se fragua en el ambiente familiar; por esta razón los padres son agentes activos de cambio dentro de la sociedad.
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El amor de Cristo no tiene límites

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El amor está en las cosas pequeñas. Soñamos con lo imposible y no hacemos lo que está a nuestro alcance.

Por: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net 

del amor de Cristo es que no tiene límites

Jesús nos amó hasta el final, dio la vida por nosotros.“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,2).

Una de las características del amor de Cristo es que no tiene límites. Él se rompió amando, con sus palabras, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes. En aquella tarde, Jesús amó a los suyos como nadie los había amado hasta entonces, los amó, hasta el límite, hasta el fin, hasta el extremo, hasta dar la vida. Jesús demostró este amor al otro en el servicio y en el estar atento en las cosas pequeñas. “Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla se la ciñó luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida” (Jn 13.5). Echar agua, lavar, secar los pies, era un oficio de esclavos. Y Jesús se convierte en esclavo, en servidor; se empobrece, se rebaja poniéndose a sus pies. Este servicio humilde y callado lo hizo Jesús con sus discípulos; quien no se deje lavar los pies por él, no tendrá parte en su reino.

Jesús fue un hombre especial, extraordinario en generosidad, bueno de verdad, que pasó haciendo el bien sobre la tierra y curando a los oprimidos por el mal, porque Dios estaba con él (Hch 10,38). Por eso Pablo aconsejaba a los cristianos como norma de vida: "Mantengamos fijos los ojos en Jesús" (Hb 12,2), para tener sus mismos sentimientos, para obrar como él. Fue enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Él vino para los casos difíciles, para "salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

Jesús fue un hombre bueno, con una bondad de calado profundo, de inversión de valores, de búsqueda de lo esencial. Lo radical de su bondad estaba en el hecho de su estar "a la escucha" de las necesidades de los otros. Él dio su vida por todos, su entrega fue total, él no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45). Nunca condenó a nadie, trató de salvar a todos, de dar vida y de ser vida y fuente de agua viva. Toda la vida de Jesús fue una donación al Padre y se entregó como precio de nuestra liberación. El “amarás a Dios con todo tu corazón y toda tu alma”, encuentra su nueva plenitud en la palabra y en vida de Jesús. Dios, para él, es el único bueno (Mc 10,18), el Padre amoroso (Mt 5, 45) que busca la oveja perdida (Lc 15,4-7), porque es un Dios que busca y acoge lo que se había perdido (Lc 15,2).

En sus enseñanzas repetía que lo más importante era buscar a Dios, su Reino, que no se preocuparan de lo demás. Mil veces invitaba a sus oyentes a no tener miedo, a no dudar, a creer de verdad (Jn 8,46). A todos les dio ejemplo de amor y el amor fue su único mandato. El amor se concretiza en las cosas pequeñas. Soñamos con lo imposible y no hacemos lo que está a nuestro alcance. “Atender a cosas aún menudas, y no hacer caso de unas muy grandes”, porque “quedamos contentas con haber deseado las cosas imposibles y no echamos mano de las sencillas” (7M 4,14).

San Jerónimo escribió un comentario a las cartas de Juan, donde dice que cuando a Juan le preguntaban sus discípulos cristianos, constantemente respondía: “Hijos míos, amaos los unos a los otros”. Cansados los discípulos de esa machacona insistencia, le preguntaron que por qué repetía tanto lo de “amaos”. Su respuesta fue bien sencilla: “porque éste es el mandamiento del Señor, y si lo cumplimos es suficiente”.

Efectivamente, quien comprende y experimenta lo que es el amor, no puede por menos de gritar como Francisco de Asís: Dios es amor, amor, amor. Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (Jn 4,16) El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor (1Jn 4,8). Por eso insistía Juan: “Amigos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios” (1Jn. 4, 7). Esto mismo había encomendado Jesús a sus discípulos y les pide que se ayuden, se apoyen, se consuelen. Por eso Jesús insistirá: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13,34-35).

Juan era un experto en la ciencia del amor, había comido junto a Jesús y había sentido el latir del corazón del Amado. En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros vivamos por él (1Jn 4,9). Para Juan el amor es la piedra angular del reino de Cristo (Jn 3,16) y exhorta siempre a los hermanos al amor recíproco (2Jn 5,6). El amor de Dios se ha revelado en un acontecimiento histórico: el hecho de Jesucristo, que inaugura el tiempo de la misericordia divina. Este acontecimiento histórico, revelación única y suficiente de Dios manifiesta también que Dios no sólo ha amado y ama, sino que “es amor” (1Jn 4,8).

Juan aprendió muy bien la lección del amor, como lo más importante y como lo único que merecía enseñarse e insistir. La primera carta de Juan es una joya. De ella entresaco algunos pensamientos.
- El que ama a su hermano, ése es hijo de Dios (3,10).
- Quien ama a su hermano ha pasado de la muerte a la vida (3,14).
- Amar de verdad es dar su vida por el hermano (4,10).
- El que ama comparte sus bienes con el hermano necesitado (4,17).
- Amarnos es cumplir lo que Jesús nos mandó (3,23).
- El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (4,7).
- Nuestro deber de amar se funda en que Él nos amó (4,11)
- Si amamos al hermano, Dios permanece en nosotros (4,12).
- Amemos, ya que Él nos amó primero (4,19).
- Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (4, 20).
- Si alguien ama a Dios, ame también a su hermano (4, 21).


¿Quién es Jesucristo? Y para ti... ¿Quién es...?

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Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.

Por: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net 

jesucristo para ti

La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»

Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Ellas; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros: ¿Quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. (Mt. 16, 13-16)

No ha habido en la historia de la humanidad persona tan controvertida como Jesucristo.

Ya se ve claro en la respuesta que dan los discípulos a la pregunta del Maestro: Para unos es un personaje importante: Juan el Bautista, Elías, Jeremías u otro de los profetas. Nunca ha negado nadie -salvo algún fanático sectario- que Jesús ha sido un hombre importante en la historia humana. Alguien con una personalidad capaz de arrastrar tras sí a la gente, no sólo en su tiempo, sino siempre.

Lo que no todos son capaces de descubrir es la razón íntima por la que Jesús atrae. La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»Para ello hace falta -como Jesús le dice a Pedro- que lo revele el Padre eterno. Hace falta la fe, que es un don de Dios.

No se puede entender a Jesucristo si no se cree que ese hombre, que llamamos Jesús de Nazaret, encierra en sí mismo un misterio: La Segunda Persona divina, el Verbo, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre al asumir la naturaleza humana.

Ya sabemos que en la mentalidad del judaísmo de la época de Jesús se estaba esperando próximamente al Mesías. La mujer samaritana -que no era ninguna mujer culta- le dice a Jesús: sé que está para venir el Mesías. La profecía de Daniel y otras sobre el tiempo de la venida del Mesías coincidía aproximadamente con estos años.

En estas circunstancias aparece en Galilea Jesús de Nazaret. Juan el Bautista, que tenía un gran prestigio entre todos los judíos de su tiempo -hasta Herodes le escuchaba con gusto-, da testimonio a favor de Jesús. Le llama «el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Este es de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más que yo, porque existía antes que yo Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar en el Espíritu Santo. Y yo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios» (Jn. 1, 30-34)

Comienza Jesús a predicar y su predicación está llena de misericordia para con todos. Su doctrina es una doctrina de perdón y compasión. Enseña que Dios ama a todos los hombres y que incluso los pecadores pueden alcanzar el amor de Dios, si se convierten. El pueblo piensa y dice de él, que «nunca nadie ha hablado como este hombre» (Jn. 7, 46) porque hablaba con autoridad, no como los escribas y fariseos. Y es el mismo Jesús quien en la sinagoga de Nazaret, después de leer una profecía de Isaías referente a los tiempos del Mesías, dice: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc. 4, 21) Su doctrina va acompañada de abundantes milagros, movido por la compasión que sentía: sanar enfermedades, resucitar muertos, multiplicar la comida, etcétera.

No es de extrañar, por tanto, que la gente sencilla y los de corazón abierto le tuvieran por el Mesías esperado. Efectivamente, ¿qué mejor rey se podía tener que uno para quien no habrá problema de carestía ni de hambres? ¿Qué mejor rey que quien puede curar a los enfermos y resucitar a los muertos? ¿Quién puede gobernar mejor a un país, que un hombre que da muestras de tal sabiduría? Por todo esto no es de extrañar que en una ocasión, después de haber dado de comer a cinco mil hombres con unos pocos panes y peces, quieran proclamarle rey.

Indudablemente, a Jesús le seguía la masa del pueblo, compuesta en su mayoría por gente sencilla y humilde: ¿Acaso algún magistrado o fariseo ha creído en Él? Pero esta gente que ignora la Ley, son unos malditos(Jn. 7, 48-49) Es verdad que también algunos personajes importantes le siguieron, y aunque al principio con miedo, luego no tuvieron reparo en confesarse amigos suyos a la hora de su muerte. Así fueron Nicodemo, José de Arimatea y otros.

Estas gentes sencillas, que frecuentemente eran despreciadas por los orgullosos fariseos, ven con buenos ojos la doctrina de Jesús. Unos le seguían, efectivamente, movidos por su doctrina aunque no la entendían plenamente, como pasó con sus discípulos. Otros le seguían porque les daba de comer; otros porque hacía milagros.

Posiblemente algunos también le seguían por gratitud, al haber sido curados.

Ciertamente su bondad, su trato exquisito para con los débiles del mundo y severo para con los que obraban injustamente, serían motivos para que las masas le siguiesen.

¿Quién es para ti Jesucristo? Hoy te hace la misma pregunta que a los apóstoles y lo único que quiere es oir tu respuesta de amor. Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.


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