Artículos sobre el amor, la amistad, parejas y las emociones de la vida

La Separación y los Celos

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La Separación y los Celos
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Fuente: Enciclopedia de la Psicología. Vol 1 Cap. 5
Editorial: OCEANO.

 
Separarse es una de las situaciones de estrés más importantes a que debe enfrentarse algunas personas. Significa empezar de nuevo, pero con las limitaciones resultantes de la convivencia: los hijos, la costumbre de estar acompañado, la incomodidad del nuevo papel social, los cambios de situación económica… Todo  ello varía si es uno quien desea separarse (se supone que la separación comporta algunas ventajas, al menos es mejor que seguir casados), o si es el abandonado el que debe resignarse y a menudo sin comprender el porqué.
La mayoría de las parejas llega a la separación tras un largo periodo de infelicidad, de repetidos intentos de solución. Si se logra arribar a esta decisión final de mutuo acuerdo y ambos se desean lo mejor para el futuro, puede decirse que se trata de una separación satisfactoria, bien llevada, respetuosa. Pero lo cierto es que las separaciones violentas o traumáticas, con terceras personas, desgraciadamente son las más frecuentes.
Adaptarse a ser un separado es un proceso largo y costoso: un mínimo de un año, y una media de dos, es lo que Stefen Gullo cita como resultado de la observación realizada a ciertas parejas separadas en los Estados Unidos.  En este largo proceso de adaptación forzosa, uno debe comprender lo ocurrido e intentar integrarlo, mientras se esfuerza por recuperar su autoimagen y su autoestima.
En la separación se pasa por distintas etapas emocionales en las que parece que nuestra mente se centra de modo primordial en un hecho, subjetivo y magnificado. Existe una etapa de agresividad contra el otro, una etapa posterior en que se recuerda sólo lo bueno, otra en la que se es sumamente consciente de la soledad, otra en la que prima la obsesión por volver a tener una pareja… Y lo malo es que, a veces, las personas se quedan estancadas en una de esas etapas y no evolucionan. A menudo se cae en una depresión, síntoma de la falta de capacidad para adaptarse y superar la situación. A pesar del mal trago, la mayoría de separados vuelven al cabo de un tiempo a vivir con otra pareja.

Los Celos
Las dudas sobre el cariño o la fidelidad del otro son fuente frecuente de sufrimiento. Pero, para convertirse en celos patológicos, ese estado de duda y malestar debe ser intenso para que provoque la incapacidad de mantener una vida normal. El celoso teme ver la temida infidelidad en la simple mirada o en el gesto que su cónyuge dedica  a otra persona, tiende a interpretar mal pequeñeces y, a menudo, inicia interrogatorios y comprobaciones de las conductas de su pareja. En todo este proceso de detección de amenazas y de comprobación, el celoso lo pasa mal, pero también su pareja, que acaba perdiendo la espontaneidad y la naturalidad tras tanta vigilancia y recriminaciones, e intenta ser exageradamente discreta para evitar problemas. Aun así los problemas son difíciles de solucionar. Las pequeñas demostraciones de celos parecen gustar a casi todo el mundo, pues indica una atención de nuestra pareja, siempre y cuando se limite a ser expresados como alabanzas o recriminaciones que rayan en la cortesía. Más allá de este punto, son desagradables y atentan contra la libertad individual. Cuando el celoso no puede controlarse, y sus dudas le llevan a amenazar o agredir a su pareja, debe ponerse en manos de un médico.
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El paso del noviazgo a la convivencia

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El paso del noviazgo a la convivencia

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Fuente: Enciclopedia de la Psicología Tomo I Capitulo 5
Editorial: OCEANO

 
El estado de enamoramiento suele vivirse en la época del noviazgo, con todo lo que esta etapa comporta. Además de la falta de responsabilidades propias del noviazgo, el tiempo que se comparte es,  en su mayoría tiempo de ocio. En esta época el intercambio es altamente gratificante: los novios se proporcionan mutuamente mucha atención,  se hacen regalos,  se comunican, se dan cariño y se hacen promesas. De todo esto se desprende un alto nivel de expectativas sobre la posterior convivencia, fruto de los aspectos anteriores.
Sin embargo la intensidad del enamoramiento a menudo disminuye al iniciarse la convivencia, aunque suele conservarse un alto nivel de expectativas. En este paso decisivo en la vida de cada persona es fundamental el concepto que los miembros de la pareja tengan del amor: la idea de que el sentimiento lo supera todo suele ser perjudicial, especialmente si no va acompañada de una actitud positiva, activa y responsable, tendente a poner los medios prácticos para que así sea.
Vivimos en una sociedad que nos educa en ciertos conocimientos hasta niveles a veces exagerados y que, paralelamente, permiten que algo que hará el 95% de la población, como es vivir en pareja, se realice en forma intuitiva. Hay quienes han podido observar modelos de pareja muy válidos y estimulantes,  pero otros no han tenido tanta suerte. Es curioso que, con lo difícil que resulta hacerlo bien y lo poco preparados que vamos al matrimonio o a la convivencia, no haya aún más separaciones y divorcios.
Pero vamos a analizar qué caracteriza a las parejas satisfechas, las que consiguen pasar del enamoramiento al “amor” bien entendido y a las que, sin pasar por el enamoramiento, son capaces de vivir amorosamente.

¿Qué es el amor?
El amor de pareja es un sentimiento, un estado estable de satisfacción por permanecer con la persona elegida. Ese sentimiento guía los pensamientos y las conductas dentro de la relación. Una pareja estable, que se ama, experimenta en ciertas ocasiones emociones intensas hacia el otro (deseo entusiasmo, ilusión), pero lo habitual es que sienta confianza, admiración, armonía, orgullo y bienestar al pensar en el ser amado. También existen, lógicamente, sensaciones de duda, algunos enfados y algunos enfrentamientos, pero una pareja que se ama raramente llega a perder el respeto hacia el otro, y suele mantener determinadas normas de convivencia.
Existe parejas intensamente satisfechas de su relación, pero ese estado de felicidad puede durar lo que una noche de verano. Por el contrario todos conocemos parejas que llevan años de convivencia sin sentir más afecto por el otro que por un vecino. La satisfacción debe ser plena, y ese sentimiento debe permanecer estable a largo plazo para que se hable de “verdadero amor”.

Una conceptualización del amor: tres requisitos
Desde la perspectiva de la terapia de pareja, para que dos personas se consideren felices su relación debe reunir una serie de características. En realidad, son aquellas que, de manera más o menos conscientes, cada uno revisa al cabo de cierto tiempo, para valorar si  sigues sintiéndose satisfecho de la relación.
El primer requisito es mantener un equilibrio entre lo que se da y lo que se recibe. Así, ambos miembros se consideran atendidos y cómodos con un reparto equitativo y justo. En determinadas épocas alguno de los dos puede ver mermada su capacidad de dar, debido a problemas de salud, o de otro tipo; pero lo mismo puede ocurrir al otro en cualquier momento. Por tanto, aunque pueden existir periodos en que se rompa ese equilibrio, lo normal es mantenerlo a la larga. Que el intercambio de conductas entre la pareja sea primordialmente positivo es el segundo requisito. Sin duda, es indispensable que existan más cosas buenas que malas. Resulta difícil mantener una relación en que se soportan o aguanten más cosas de las que se disfrutan. El “coste” de permanecer dentro de la relación debe ser bajo hablando en términos económicos. El tercer requisito es que lo positivo que cada uno da al otro se adapte a sus gustos y necesidades personales. Tener aquellos detalles que significan estar atento a las ilusiones y a la personalidad del compañero es muy distinto a la actitud estereotipada de cumplir con los tópicos sociales de la pareja (regalos en las fechas señaladas, corbata para él, perfume para ella…) 
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El invento de la convivencia

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El Invento de la Convivencia

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Fuente: Enciclopedia de la Psicología capítulo 5 tomo 1
Editorial: OCEANO

 
A la vista de cómo funciona la pareja hoy en día, no creo que nadie se atreva a afirmar que, es el invento perfecto. Convivir es difícil, porque el ser humano es complejo y variable. Mantener el equilibrio entre nuestras emociones y nuestra razón nos roba cada día muchas energías. Nosotros mismos no nos entendemos muchas veces, así que pretender entender a nuestros semejantes, por muy cercanos que sean, puede resultarnos maravilloso a veces, y fuente de sufrimiento e impotencia otras. En la época que nos ha tocado vivir, los modelos a imitar son contradictorios. Nuestros padres y las generaciones mayores aún responde a un reparto tradicional de roles que ya no se ajustan a las necesidades de hoy. Los modelos jóvenes pecan a menudo de un exceso de estrés, de competitividad y se ven sujetos a presiones económicas que los hace volubles e inestables, se cumplen tópicos, se habla de feminismo como de algo ya agotado y lo cierto es que la pareja sobrevive porque no se conoce algo mejor.
Hombres y mujeres pretenden un equilibrio igualitario, en el que se repartan las responsabilidades y tareas por igual, pero la innegable diferencia biológica, incómoda para esta sociedad,  cuestiona toda esa teoría y hace de la maternidad un nido de problemas que parece enfrentar a ambos sexos. Las generaciones de hoy, a caballo entre el modelo tradicional paterno y el modelo igualitario teórico que no acaba de encontrar el equilibrio ideal, son felices a su modo, porque estos son sus tiempos y ésta es su vida. No podemos parar el mundo para dedicarnos a pensar y organizar las cosas a fin de que funcione de otra manera.
Por ello, lo mejor es aprovechar todas las ventajas y aprender las habilidades que nos permitan hacer frente a las dificultades en mejores condiciones.

Algo que aprender para convivir mejor

Cuando más se idealiza la convivencia, cuanto menos realistas y responsables son nuestras expectativas, más probabilidad de problemas existe. La alternativa no es dar nada por supuesto. Estar dispuestos a asumir la responsabilidad de proponer, pedir, negociar, dialogar, comprender, y tolerar. Pero también proponerse pasarlo bien, disfrutar y divertirse en un equilibrio que se consigue a pulso día a día. La autoestima de la persona que se responsabiliza de poner los medios para conseguir sus fines suele ser más alta que la de los soñadores, que esperan que el mundo les rinda pleitesía.
Así pues, se  debe mirar la convivencia como otra carrera en la que hay mucho que aprender y en la que se han de aprobar numerosos exámenes, pero en la que se avanza mucho, se disfruta y se celebran fiestas de fin de curso. Nadie ha nacido enseñado para convivir y ése suele ser el gran error: suponer que el amor lo cubrirá todo, que si hay amor no se necesita nada más. El amor pone el sentimiento y la motivación, pero por si solo no basta. Existe muchos mitos, además de éste sobre el amor, que marca las expectativas de las personas: suponer que el amor está determinado por el destino; imaginar que la persona que nos ama debe adivinar nuestros deseos y estados anímicos sin necesidad de comunicarlos; creer que la pareja que se ama nunca discute; esperar que no haya ningún secreto entre ambos y que la sinceridad sea absoluta, para bien o para mal; considerar que los problemas sexuales son un síntoma de que no se ama realmente; pensar que la pareja que se ama no necesita a nadie más, pues se basta el uno al otro.
Los jóvenes enamorados tienden a idealizar y a creer en aquel final de cuentos que dice “se casaron y fueron felices”. Pero la realidad es que la vida en pareja encierra amor y odio, momentos buenos y malos, encuentros y desencuentros, comprensión e incomprensión, compañía y a veces también soledad…

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